El que avisa no es traidor


Y me duele a mí, porque fui cómplice de un dolor que no debería compartir, porque he sido testigo de cosas que no debería saber. Porque me comporté como la malcriada que soy. Cerré los ojos ante lo que no quería ver, ni oír, porque esperar sentada duele demasiado y si alguien toma mi mano no me planteo si lo hace con buenas intenciones. Por suerte yo ya estaba enamorada, sólo fue un vuelo hacia el final del pozo. Pero tenía paracaídas. Y lo utilicé, y lloré porque duele quererte sin decirte nada. Pero tú por lo menos no me traicionaste.

Y aquí viene el Rey de la Silueta, tan seguro de sí mismo, tan conocedor de cómo se mueve el viento y juega con las cartas a su favor. Ya se conoce las redondas esquinas donde las sombras huyen de la luz, sabe cómo saborearlas, sabe hacerlo despacio, y aprovecharse de las corrientes.

Pero soy yo quien se siente culpable por ser cómplice de un delito que no cometía. Yo soy la otra. Y tu excusa sigue siendo que el que avisa no es traidor…

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