Un dubois


– Pasa princesa.
Lucas me indicó el camino. Vivía en las afueras de París, en una vieja casa que estaba medio destruida pero que en su época seguramente habría sido la envidia de muchos palacios. El dueño había destruido todo el interior y renovado haciendo apartamento pequeños. Pero eso había sido 50 años atrás y ahora todo volvía a parecer viejo y sabio a su manera.
– No es mucha cosa, pero me gusta, ahora por lo menos estoy solo, por mi cuenta, y mi casa es mi estudio – Lucas parecía estar excusándose por la cara de sorprendida que se me quedó cuando vi aquello.

Había dos habitaciones, una era el salón comedor con un ventanal enorme desde el que se podían ver otros pequeños palacios de las afueras como aquél. Había un sofá rojo frente a una chimenea que parecía llevar años apagada. Miles de pinceles y pinturas de colores decoraban el suelo de madera.

– Perdona el desorden – dijo empujando todos sus artilujios con el pie para que pudiera pasar sin tener que pisar nada.

A la derecha estaba la cocina que tenía una pequeña ventana en una esquina. No había paredes que separaran la cocina del salón. Junto a la cocina había una puerta y en frente había otra: el dormitorio y el cuarto de baño seguramente.

– ¿Dónde prefieres que lo hagamos? – pregunté mirando a mi alrededor, no sabiendo si sentarme en el sofá, en el suelo o volverme a mi casita.

– Donde te sientas más cómoda…

– ¿Dónde sueles hacerlo?

– Pues a las chicas les suele gustar el sofá, porque luego retrato también la parte de atrás con esas vistas y…

– Me parece muy típico. Quiero que me pintes con algo que nunca me cansaré de ver, quiero algo con lo que sentirme cómoda.

Me dirigí hacia la puerta de la izquierda.

– ¿Puedo? – quería darme una vuelta por el apartamento buscando un lugar en el que posar e inmortalizarme.

Asintió y yo empujé el pomo que cedió y me llevó a una oscura habitación. Era tal y como imaginaba la habitación de un artista: desordenada. Había una obra sobre la cama: Figura asomada a la ventana de Salvador Dalí. La cama estaba sin hacer y el suelo seguía plagado de pequeños botes de pintura, libros con viejas fotografías y un montón de cuadernos cuidadosamente ordenados.

figura-asomada.jpg

– ¿Qué hay ahí? – inquirí señalando los cuadernos.

– Mis dibujos a carbón.

Le miré esperando a que me preguntara si quería verlos, pero como no lo hizo me adelanté y cogí el primero de todos ellos.

Eran mágicos. Había todo tipo de figuras, chicas bailando la danza del vientre, hombres de clase alta fumando bajo la lluvia, manos tocando el piano.

– ¿Conocías a estas personas?

– A la mujer que tocaba el piano sí. Joder, era una pasada cómo lo hacía – se sentó en su cama, pensativo, recordando – tocaba con pasión, los ojos cerrados y siempre se mordía el labio inferior al hacerlo – se rió – luego descubrí que era ciega.

Seguí pasando las imágenes que había pintado Lucas Dubois, cada cual más exquisita, más viva y palpitante que la anterior.

– ¿Sabes? ¡Olvídate del óleo! Lo quiero al carboncillo.

– ¿Segura? – Lucas ladeó la cabeza mirándome, inspeccionando mi rostro y supongo que imaginando cómo pintarme.

Me llamo Léa Beigbeder y vengo de una familia burguesa de París, mi padre es el director y mayor accionista de unos famosos restaurantes. Mi hermano aprende el negocio familiar y yo espero leyendo a que decidan si es de buen gusto mandarme a la universidad o no. De mientras me cultivo poco a poco, leyendo a los maestros y grandes enciclopedias que están en mi casa acumulando polvo.

Un día me miré al espejo y quise que alguien me recordara tan y como estoy ahora. En la flor de la vida, joven y sonriente. El arcángel de la casa, de mi pequeño mundo. Así que una mañana salí de casa dispuesta a buscar un pintor que me retrara, desnuda. Claro podría haber elegido al mejor de todo París, pero no era eso, no quería que su magnífica obra recorriera los museos y todo exclamaran maravillados: “¿Supo captarla, e?” Yo quería algo personal, quería buscar un pintor y que todo quedara entre él y yo, mis padres podrían enloquecer (junto con toda la alta sociedad) si supieran que la buena de Léa se iba a hacer pintar desnuda.

– Quiero el retrato aquí – mire a mi alrededor, la media oscuridad de su cuarto, el desorden juguetón, la manta tirada de cualquier manera sobre la cama – y con carboncillo.

Le tendí su cuaderno y sonreí. Lucas suspiró y me miró sin saber muy bien qué decir. Se puso en pie y miró su habitación, auscultándola.

– Conozco esta estancia de memoria y podría pintarla con los ojos cerrados pero necesitaré más luz para pintarte.

¿Y qué quería decirme con éso? ¿Tendría que verme desnuda y con mucha luz? Joder… ahora era cuando me estaba empezando a dar vergüenza.

– Voy a por velas.

Sabía perfectamente dónde encontrar pintores, miles y millones de pintores. Montmartre. Por las tortuosas calles del distrito 18 había pintores con muchísimo talento a cada vuelta de esquina. Subí las escaleras poco a poco para observar la ciudad desde el Sacré-Coeur. A mi alrededor cuatro o cinco hombres mezclaban colores para comenzar sus cuadros de las vistas que había en aquel preciso momento, cuando el sol estaba subiendo e iluminando tímidamente París entre las nubes. Lucas no era distinto de cualquier otro pintor, a mí me parecían todos clones, la misma perilla, ese pelo negro, y los ojos azules, soñadores, perdidos en el mundo onírico. ¿Habéis mirado alguna vez a un pintor a los ojos? ¿Y qué veis?

Yo me vi reflejada en el azul cálido de Lucas, pero mientras me presentaba podía advertir que no estaba allí, conmigo, mezclaba sus colores, a través de sus ojos, esbozando lenta y suavemente el paraíso que se extendía ante nosotros. Yo era una simple humana, él en cambio, podía hacer arte de la realidad.

– ¿Cómo me coloco? – pregunté cuando entró con las velas en la habitación.

– Primero quítate la ropa – lo dijo en un tono natural, como quien dice: pásame el libro, pero para mí representaba el salto definitivo. Él ni se dio cuenta, buscaba cerillas con las que prender fuego a las llamas de las pocas velas que había encontrado.

Empecé por las botas, lentamente, siguió la falda, el jersey de cuello vuelto, las medias y antes de lo que hubiera querido me encontraba desnuda ante él.

– Túmbate en la cama.

Había colocado las velas a mi alrededor, dos en el suelo, una grande sobre un montón de cuadernos que hacían función de mesita de noche.

– ¿Me ves bien?

– Estás perfecta.

Estaba sentada encima de la cama, bastante incómoda y miraba las velas hipnotizada. Si apartaba la mirada de la llama, me tendría que enfrentar a la realidad de ser retratada por Lucas, así que me quedé en silencio. No sé cuánto tiempo pasó, él no decía nada, ni siquiera le oía.

Por fin oí el crepitar del fuego, parecía haber encendido la que aparentaba ser una muerta chimenea. Cogió una silla del salón y la metió en el cuarto, dejándola delante de la cama, delante de la modelo. A dos metros de mí, con su cuaderno y su lápiz de carboncillo en mano.

– Estás demasiado rígida, relájate, respira e inspira.

Me alargué y cerré los ojos, pasando mi mano por encima de mi cabeza, reposando mi cabeza sobre mi otro brazo, medio de lado. Lucas sonrió, pero no dijo nada.

– ¿De qué te ríes? – murmuré.

– De nada.

Respiré profundamente y le miré a los ojos mientras trabajaba, mientras trabajaba sobre mí. Sobre mi cuerpo.

Nunca nadie me había mirado así, jamás. No me miraba, me observaba, no era parte del mobilario, era su obra de arte de aquel momento, de aquel día. Llegó un momento en el que sólo podía mirar a sus ojos azules. Volvió a sonreír y yo volví a su apartamento.

– ¿De qué te ríes? – volví a preguntar.

Negó con la cabeza mientras se mordía el labio inferior y pintaba en su cuaderno.

– Estás muy natural, generalmente las chicas suelen estar muy quietas, incómodas, rígidas. Lo haces muy bien.

Acentué mi sonrisa y murmuré un gracias. Pasaron unos minutos y Lucas interrumpió el silencio.

– No pienses que me estoy riendo de ti.

– Si no me dices de qué te ríes…

– Ya casi está acabado, puedes volver a vestirte que sólo me falta rematar el fondo.

Fue entonces cuando más violenta y triste me sentí. ¿Eso era todo, ahí acababa mi aventura?

– ¿Qué era por lo que te reías? Ahora que has terminado conmigo, podrías decirme de qué te reías.

Negó con la cabeza mientras fruncía el ceño no sabiendo cómo acabar.

– ¿Qué te falta? – pregunté.

Me miró, me auscultó, durante varios segundos con el ceño fruncido, mirando su obra y mi cara.

– No consigo darles a tus labios el realismo que deberían tener sobre el papel.

Empujada por un impulso que no supe decir de dónde vino me acerqué una vela a los labios y me acerqué a él.

Se quedó rígido por un momento, como si nunca le hubiera ocurrido eso.

– ¿Tus modelos no sueles ser tan impulsivas?

– Más de la mitad de mis modelos en cuanto llegan a la puerta de mi apartamento para que las retrate se rajan, se dan media vuelta y cuentan su aventura a sus amigas, como si de verdad lo hubieran hecho. No pensaba que tú fueras de las que llegan al final.

Cogió su carboncillo y mirándome cada pocos segundos pintó mis labios y yo me asomé a ver el resultado.

– ¿Te gusta?

Era yo, no había duda. ¿Pero era así? ¿Lucas me veía así? Yo me veía mucho más grande y no tan frágil y delicada.

– ¿Soy así?

– ¿No te gusta?

– Sí, mucho… – murmuré.

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Lo arrancó de su cuaderno y me lo tendió, yo me senté en la cama para observarme y permanecí allí viéndome a través de los ojos de un desconocido. Lucas volvió después de haberse lavado las manos y apagó todas las velas menos una.

– Termina de vestirte, te espero en el salón.

Me acerqué a la única vela que no estaba apagada y me quedé mirando el retrato, ensimismada. Con aquella vela volví a encender el resto y miré a mi alrededor, el cuarto de un artista, con todos los cuadernos, la cama sin hacer, los pinceles y pequeños botes de pintura esparcidos por el suelo.

– No me quiero ir – salí de su habitación y lo encontré en la esquina, que era la pequeña cocina.

– ¿Café? – me ofreció.

– No me gusta, gracias.

Asintió, mirándome de reojo y viendo que no había terminado de vestirse.

– ¿Qué quieres de mí, princesa?

Me senté en el sofá y le miré.

– No lo sé. ¿Por qué te reías?

Se acercó a mí y se puso en cuclillas, mirándome a los ojos.

– Sé perfectamente que eres Léa Beigbeder, hija del gran propetario de los restaurantes. Sé que para ti ésto es lanzarte al vacío y has llegado hasta aquí. Pero éste no es tu lugar, aquí no podrías hacer nada.

– ¿Cómo sabes quién soy?

– Sales en los periódicos.

– ¿Y entonces qué hago? ¿Tengo que dejar que otros decidan por mí?

Negó con la cabeza, levantándose y cogiendo su taza de café.

– ¿Qué quieres de mí?

– Algo nuevo, quiero dejar de ser Léa Beigbeder hoy. Sólo quiero ser Léa, quiero que me ayudes a ser yo.

Dejó la taza de café y se acercó decidido a mí. Se agachó y me besó. Noté el fuerte café en su boca, pero no me disgustó, me pareció que iba con su personalidad, desastre, locura, insomnio, café…

Fui yo quien se quitó el jersey y le empujó contra el sofá, no me dejé hacer, quise controlar la situación, quise ser dueña de mi vida y andar por caminos que yo elegiría.

Y hoy, años más tarde soy quien deseé ser.

Recuerdo esa aventura muy vívida, como si hubiera sido el muelle que me impulsó a ser quien soy. Volví a ver a Lucas regurlarmente durante los siguientes 5 años, pero como mecenas, recrutando pintores del distrito 18, expandiendo su magia a todos los rincones de París.

Guardé con mucho cariño y cuidado el primer retrato que me hizo Lucas, primero escondido, luego enmarcado en mi habitación. Pero fue hace poco cuando comprendí por qué se reía mientras me pintaba. Recibí un sobre hace poco menos de dos semanas con una pequeña nota de Lucas, ahora residente en Nueva York, y un retrato mío, un retrato que no supe que pintó aquel primer día que nos conocimos mientras me quedé imnotizada por una luz que no quería dejar de mirar por si perdía la estabilidad de mi vida. Un retrato que supo captarme a la perfección, ensimismada, siempre ensimismada.

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8 pensamientos en “Un dubois

  1. Víctor.M dice:

    Bravo, a mí personalmente me ha gustado bastante. Me encanta el escenario donde se desarrolla la historia, me encantan los personajes, me encanta esa narración en primera persona… Y ese comienzo, cuando le pregunta, ¿dónde prefieres que lo hagamos? Cuando nadie sabe de qué están hablando. Genial.
    ¿Has pensado en adaptarlo como cortometraje? En mi opinión, así funcionaría tan bien como la escribes. (ya lo sé, lo mío es una obsesión, pero es que me gusta ver las buenas historias en imágenes, a 24 fotogramas por segundo) . Y si encima se dialoga en francés ya ni te cuento…
    C’est magnifique.

  2. Fran dice:

    Hola!!

    Me ha encantado la manera en la que me ha absorvido el relato, y como dice el comentario anterior la pregunta de: Dónde prefieres que lo hagamos? sin saber a que se está refiriendo exactamente.

    X cierto, soy Fran En Apuros, lo que pasa que he cambiado de blog 😉

  3. Kaffeine dice:

    A mi también me ha gustado… aunque puede que el final un poco previsible, la atmósfera me ha convencido 😉
    Un muy buen relato, sigue así…

  4. Synn dice:

    A mi también me ha gustado, pero me dá la impresión de que las palabras tan expresivas como ‘joder’ no van mucho con el carácter que al principio muestra ella.

    Hay un cambio de carácter muy marcado entre el principio, y el después de ser pintada, pero eso me parece perfecto.

    Y el pintor está poco perfilado… me quedé con ganas de saber más de como era él… aunque la historia es ella ¿no? no tiene importancia. Siento estar tan quisquillosa hoy!!

    Encantada de leerte, como siempre.

    Bezitoz!

  5. scry dice:

    Víctor M.: ¿Un corto con este cuento…? No, yo no sabría hacerlo. Dentro de un tiempo quizá sí me anime, pero no tengo ni los actores, ni el escenario ni nada para montarlo, así que de momento lo veo muuuy muuuuy lejano eso de hacer un corto con ésto.

  6. Víctor.M dice:

    Ya te digo que lo mío es una obsesión. Es cierto que para conseguir los medios está difícil la cosa, pero eso no quita que la historia sea o no adaptable (ya estoy otra vez, no lo puedo remediar)

  7. nikani dice:

    la historia está muy bien contada, el pintor me ha gustado mucho y la protagonista me parece que tiene mucha fuerza. resumiendo me ha gustado el relato.

  8. Cuervo dice:

    ¿Princesa?
    Ya conocía el argumento, sabía de hecho en que partes habías abandonado el relato para luego retomarlo, pero aún así, con esa primera frase, me has atrapado hasta el final.

    Vigila la ortografía, sobre todo las V-B

    ojalá supiera pintar…

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