La caja de madera


“Soy el mendigo que sólo acepta sueños”

Decía el cartel por el que pasaron Julia y su madre. Había un hombre tirado en la esquina de la calle Mayor con la calle de las Mercedes. La gente pasaba a su lado sin percatarse de su presencia, sin fijarse en esos risueños ojos y esas largas y oscuras barbas teñidas con algunas canas blancas.  

– Yo le quiero dejar un sueño – dijo la niña tirando de la mano de su madre.

La mujer se giró aturdida no sabiendo muy bien a qué se refería la pequeña; hasta que advirtió la presencia de aquel sucio mendigo.

– Sueños – bufó – venga cariño, que vamos a llegar tarde donde el abuelo y tenemos prisa – caminó más rápido mientras murmuraba algo sobre pederastas.

Julia se giró y miró al mendigo mientras su madre tiraba de ella. Le regaló una sonrisa. El hombre parpadeó un par de veces y sacó de su manto algo que la niña no pudo ver, su madre la apremiaba y giraron la esquina a la calle de las Mercedes.

La casa de sus abuelos olía a madera, antes solía oler a pasteles, pero desde que su abuelo vivía solo, el dulce olor había desaparecido y sólo la familiaridad de la madera persistía. Solía pasearse por el largo pasillo, rozando con sus pequeñas manos las paredes, hasta que llegaba a un marco, una majestuosa puerta de madera. Respiraba profundamente, haciendo que su eterno recorrido por el pasillo se hiciera más largo. Quería preguntarle algo a su abuelo, pero le daba vergüenza, y quizá miedo. ¿Y si le decía que no?

– Abuelo… ¿quieres ir a dar un paseo?

El anciano estaba fregando los vasos que su nieta y él habían utilizado para merendar roscos y leche. Se había quedado viudo hacía un par de años y su hija insistía en que la compañía de la pequeña Julia le iba a venir bien, pero era su mujer, y no él quien tenía la paciencia de estar con la niña. Julia tenía los mismos ojos que tuvo su abuela, azules y pequeños, pero vivos. Le encantaba saber y aprender.

– Hace mucho viento – contestó el buen hombre – ¿seguro que quieres ir a pasear?

– Sí – la niña afirmó con energía – quiero darle un sueño a un mendigo.

Teodoro sonrió, pensando en la imaginación que podía llegar a tener aquella niña.

– Pues espera que me pongo el sombrero, cojo el bastón y vamos. Vete a ponerte la chaqueta, está en el cuarto de invitados.

Julia salió de la cocina y se puso la chaqueta y la bufanda que se había regalado su madre por Navidad. Su abuelo estaba en su cuarto atándose los zapatos, despacio, lentamente y con mucho cuidado. Todo lo hacía así, siempre había sido un hombre muy cuidadoso.

– ¡Vamos! Que quizá para cuando lleguemos ya se ha ido – apremió su nieta.

Teodoro sonrió y cogió su bastón y las llaves que estaban en el pequeño mueble de la entrada. Salieron a la calle y el viento les azotó la cara con fuerza, Julia le dió la mano a su abuelo y lo guió por las calles de la ciudad hacia la calle Mayor y la calle de las Mercedes.

– Cuéntame qué es eso de que le quieres dar un sueño a un mendigo.

– Pues iba con ama hacia tu casa y había un señor sentado en el suelo, que en vez de dinero, pedía sueños. Y yo dinero, sabes que no tengo, pero sueños, tengo un montón, así que he pensado regalarle uno. ¿Quieres darle tú uno también?

– ¿Dónde estaba el mendigo?

– Al lado de la calle Mayor.

Otra ráfaga de viento arremetió con fuerza contra Teodoro y Julia. La calle estaba vacía, un pequeño puñado de personas paseaba rápidamente o se metía en los comercios refugiándose del vendaval. La pequeña apretó la mano de su abuelo y siguió de frente hasta que pudieron ver a unos metros de distancia un hombre sentado en el suelo, quieto, como si nada estuviese molestándolo. Julia se acercó dando pequeños saltos, mientras Teodoro quedaba atrás, no sabiendo muy bien qué pensar de la situación.

– Yo tengo un sueño – dijo la niña al acercarse al mendigo.

El hombre levantó la cabeza, y muy, muy despacio sonrió.

– ¿Cómo te llamas? – su voz era profunda, áspera, como si llevara mucho tiempo sin utilizarla.

– Julia, y éste es mi abuelo, que ha venido conmigo.

Teodoro se posicionó junto a su nieta y miró al joven hombre intrigado.

– ¿Es usted un mendigo?

– Ya ve que sí – sonrió aún más – y son mis primeros clientes en esta ciudad. ¿Así que tienes un sueño para mí?

Aquel mendigo, con mucha delicadeza sacó una pequeña cajita de madera de su manto. Redonda, tallada con distintas formas y adornos.

– Tienes que susurrarle tu sueño a la caja.

– ¿No te lo tengo que decir a ti? – Julia abrió mucho los ojos, sorprendida.

– No.

Julia miró desafiante la pequeña cajita de madera que el mendigo le tendía. Y la cogió entre sus pequeñas manos. ¿Aquella cosa iba a tener que guardar su mayor deseo? La abrió con cuidado, temiendo que se cayera y algún tipo de mágico líquido manchara su bufanda. Pero estaba vacía. Teodoro y el mendigo la miraban. Julia se acercó la cajita de madera a la boca y susurró en pocas palabras su sueño.

A un metro de distancia el abuelo miraba al mendigo de reojo.

– ¿Para qué quiere usted sueños?

– Para sobrevivir.

– Pero… – el hombre se apoyó en su bastón y se pasó la mano por el rostro no sabiendo muy bien qué era todo aquello.

– No necesito dinero para mantenerme vivo, yo lo que quiero saber es que la gente sigue soñando y al parecer, en esta ciudad la única que lo sigue haciendo es su nieta.

Julia cerró la caja y se la tendió al mendigo.

– ¿Tú no quieres probar abuelo?

Teodoro negó, su sueño era inalcanzable, no merecía la pena ni susurrárselo a una vieja caja de madera.

– Venga buen hombre, no pierde nada por mantener el sueño vivo.

Teodoro cogió la caja y la miró durante un buen rato, aquello era tan sumamente ridículo. Pero Julia estaba allí, mirándole, con sus pequeños y vivos ojos azules. ¿Qué le costaba abrirle el corazón a la nada? ¿Quién lo iba a oír?

– ¿Qué vas a hacer con mi sueño? – le preguntó Julia al mendigo.

– Con tu permiso, quiero regalárselo a alguna niña que no tenga ninguno.

– ¿Y si no le gusta?

– Si a ti te gusta, a ella también le gustará – el joven hombre sonrió, iluminando más su cara.

– ¿Y por qué recolectas sueños? – Julia se sentó en el suelo, frente al mendigo. El viento hacía un rato que había parado y su abuelo estaba a dos metros escasos susurrándole a aquella cajita de madera una infinidad de palabras.

– Porque quiero saber que la gente sigue soñando, que sus corazones siguen latiendo por deseos, sueños y ganas de vivir. Necesito saber que siguen sintiendo, que no se han convertido en simples seres pasivos, quiero que me digan que viven, que sobreviven, que necesitan que yo haga mi trabajo para que todo siga siendo como lo era entones. Mi deseo es saber que todos aman y luchan por lo que quieren, porque lo ansían de verdad, que desistir es muy fácil, pero darle la cara al amanecer es mejor.

Julia no entendió las doradas palabras que brotaron de la boca de aquel mendigo a quien nunca volvió a ver. Años más tarde repitiéndoselas antes de dormir consiguió formarlas y aplicarlas a su vida. A veces, cuando gira la esquina de la calle Mayor y la calle de las Mercedes, mira hacia atrás porque cree ver una pequeña caja de madera en la esquina. Pero cuando parpadea nunca hay nadie, nunca hay nada.

Pero… ¿qué le costaba abrirle el corazón a la nada? Ella sabía que había susurrado un sueño en una extraordinaria cajita de madera, y quizá algún día se encontrara con la magia que de ella salió y le empapó el alma.

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Sólo es para recordarme a mí misma, que la vida merece ser vivida, y que cuando estoy un poco desesperada, triste o no puedo más… ver otro amanecer merece la pena. No matter what, no matter who. Sólo tengo que darle un brochazo de magia para que todo vuelva a girar.

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9 pensamientos en “La caja de madera

  1. Víctor.M dice:

    Bonito cuento y una gran lección para la vida. Tengo que confesar que me ha emocionado.
    Así que estás aprendiendo a conducir… Bah, es pan comido, ya lo verás, encima tú tienes la motivación de que vas a tener coche propio, cosa que yo no tuve ni tengo, pero me las apaño. Ah, ten cuidado con los viejos, que siempre hay alguno que parece un infiltrado de los de tráfico para joderte. Yo estoy casi seguro de que se trata de algún tipo de conspiración, como con la pensión no llegan a fin de mes…

  2. Jara dice:

    Es muy tierno. Esta semana os habeis propuesto todos que la gente viva gracias a los sueños. Quizás si nos alimentaramos más de ellos la vida tomaría otro color. Sin perder la esperanza y susurrando esta vez al viento, te dejo un besazo.

    Muy bonito.

  3. Kaffeine dice:

    Muy buen relato… 🙂
    Todos necesitamos sueños…
    Un besazo…

  4. Aaron dice:

    Muy tierna historia. Hacía mucho ya que no podíamos leerte en cuentacuentos, me alegra mucho que hayas decidido aparecer. Cuando vi que era tu frase esperaba que lo vieras y te decidieras a regalarnos algo así 🙂

    Es curioso que, cuando se habla de sueños, de esperanza, de valor, sean los niños los que mejor representan todo eso. Ellos, con su inocencia y su sonrisa para todo son, como en esta historia, los que mejor entienden con el corazón las palabras que no entienden con el diccionario.

    Me ha gustado mucho, en especial la idea de recolectar sueños para regalárselos a los que no tienen ninguno ya…

    Un saludo

  5. María dice:

    ¡Hola pesiosa! Cuánto tiempo sin leerte, aunque bueno… tampoco es sólo culpa tuya, porque yo también podría haber venido a tirarte de las orejas para que escribieras algo, ¿no? 😉

    Yo llevaba un mes sin escribir (más o menos), pero esta frase tuya… tiene miga, mucha miga… 😛

    Me voy de aquí encantada con tu historia y, además, encaprichada de la pequeña Julia. Yo de mayor quiero una hija así!!!! xD

    Mil besotes, mil aplausos y… mil de todo!!!

    P.D. Tienes la respuesta a tu pregunta en mi blog (a modo de comentario). He creído conveniente hacerlo así por dos motivos: para no hablar aquí de mi historia, cuando la protagonista indiscutible es la tuya y, por otro lado, para que no fuese a leerla alguien que no haya leído mi historia y tenga ganas de hacerlo. Así que… ¡ya sabes! ¿Vale? Otro besote más y perdón por hacerte ir de un lado para otro… :S

  6. Synn dice:

    Te quedó muy bonito, hacía tiempo que no escribias nada así… eres genial 😛

    Me pareció muy facil de escribir, y sentí un podo de envida por mi falta de inspiración… yo de mayor quiero ser Scry!!

    pd. Escribí algo, pero…

  7. ninive dice:

    Ya era preciosa tu frase pero lo que le sigue lo es aún más.
    El dinero si puede llevarselo el viento pero con los sueños no puede.Aquella ciudad estaba muerta sin ellos,Julia era el corazón y su forma de ser la esperanza que haría posible que muchos de sus sueños se cumplieran. O no,pero daba igual,lo importante era soñar y aquel mendigo lo sabía.
    Genial. Un abrazo

  8. Niobiña dice:

    Los sueños nos hacen falta y gracias a tu frase, esta semana los hemos ido sacando (al menos la mayoría) jejeje…

    Por fin podemos volver por aquí a leer cosas tan maravillosas como la de hoy… Y a parte de los relatos preciosos que han escrito tu frase ha traido otra cosa genial… A ti de vuelta!! Que se repita más veces y si es con resultados como este… Me apunto a todos!!!!

    Un relato increible y que me deja deseando ser un poco más como Julia y un poco menos yo…

    Besines de todos los sabores y abrazos de todos los colores.

  9. Elba dice:

    Hola ….gracias por los suenos te dire que no todos son buenos dan miedo te conjelan asta el alma te lo digo porque al parecer mi hijo y yo los tuvismos juntos y no eran buenos no se si eran un aviso de que la vida es muy corta …….el paso a mejor vida hace 2 anos y solo tenia 19 anos ….ahora mis suenos es mi otra mitad de vida pues en ellos el esta conmigo compartiendo sus aventuras en el que dice que el se encuntra bien y que esta contento y esta luchando pues es un soldado .pero como te digo gracias a dios y a los suenos eh podido tener a mi hijo conmigo …..

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