“Sueños” en Donosti


Subimos al autobús a las 4, por primera vez, mi amiga publicista y yo fuimos puntuales. Nos pasamos el viaje lamentando que se acabara el verano y cuando bajamos, nerviosísimas, fue cuando empezó la aventura.

Primer problema, no sabíamos a ciencia cierta dónde se encontraba el Kursaal, y segundo problema, aún más importante: no teníamos las entradas. Yo llevaba mi tarjeta de crédito en el bolso, de vez en cuando la acariciaba con amor, ya que sin ella, nos quedábamos sin película. Publicista había mirado en el Google Earth cómo llegar al Kursaal, sólo había que seguir el paseo del río. Entonces es cuando empezamos a ser conscientes del problema, yo soy de la BBK y las entradas tenían que ser sacadas por la Kutxa. Y durante la primera media hora, no encontramos ninguna. Publicista no dejaba de reír, pero yo estuve a punto de echarme a llorar.

Cuando enconté una Kutxa pegué un grito, debéis de suponer, a estas alturas de mi blog que yo no soy de esas personas discretas con las que te puedes cruzar. Soy de las que gritan, bien alto, que es mandona, que le gusta hacer la cosas a su manera y cuando ella quiere. Y yo quería las entradas. Las necesitaba ipso facto. La Kutxa fue una tortura. Metiera la tarjeta de crédito donde fuera, no conseguía nada. No había ningún lado donde pusiera cómo conseguir las entradas, no había ninguna de esas putas máquinas que me consiguiera mis pases a ver la película Bi Mong.

Cuando faltaba una hora para que empezara la película y no habíamos conseguido las entradas Publicista se dio por vencida:

– Vale, podemos ir a dar una vuelta, intentar cambiar el bus de vuelta y en vez de cogerlo a las 21.30, podemos ir a que nos lo cambien para el de las 20.00 o algo… llamamos a Sam para que nos compre los litros y así tenemos tiempo de cenar en casa.

– ¿QUÉ? No, no, no – yo estoy triste, alterada y sobretodo indignada – Voy donde la tipa de las entradas, le explico la situación, nos tiene que dejar entrar. ¡Yo quiero ver la peli!

– Pero a ver, no la vamos a ver, hazte a la idea – podéis comprobar que Publicista es muy, muy negativa – ahora bien, ¿qué les decimos a éstos? Yo no quiero quedar como la boba que fue al festival y se quedó sin ver la película. Aunque mi hermano, mi madre, mi padre, una de mi clase, mi tía y algunos amigos de mi hermana haya dicho que nos vamos a aburrir, quiero verla.

Publicista además tiene el don de hacer que yo acabe también por deprimirme. Pero ¡eh! Que yo soy la que ha superado mil historias, siempre positiva. íbamos a entrar a ver la peli, fuera como fuera. Llegamos a Kursaal y veo dos pequeños cajeros de la Kutxa. Aunque al acercarnos, me doy cuenta de que no son cajeros exactamente, saco mi tarjeta de crédito – Publicista espera a cinco metros de distancia, riéndose, yo creo que ya tenía muchísimas ganas de llorar y si era evidente que no íbamos a ver la película, las lágrimas no podrían ser frenadas – e imito a la señora que está a mi lado. Pasa la tarjeta por una banda, la pantalla se pone en blanco y procesando y de la nada caen dos entradas. Hago lo mismo. No pasa nada. Miro a Publicista que ha dejado su ataque de histeria y se ha acercado unos pasos. Me pongo en el “cajero” que ha utilizado la señora. Casi pego un grito (puede que lo pegara, no lo recuerdo) cuando veo el procesando.

Las entradas caen del cielo.

https://i1.wp.com/img110.imageshack.us/img110/7374/dreamposter2ro6.jpg

La sala es enorme. Nos sentamos en el palco de arriba y vemos desfilar bastantes caras conocidas (para Publicista que ve la tv, para mí… no.) Me coloco mis nuevas gafas y las luces se van. Nos agarramos de la mano. ¡Qué ilu marilu! Una voz en off nos dice que la actriz principal Lee Na-yeong y el productor (cuyo nombre no recuerdo ni encuentro) estaban en la sala. Todos nos levantamos para intentar verles. Nada que hacer, parece ser que no nos colocamos en el lugar ideal.

Empieza la película. Lo que para muchos es un horrible rollo – tener que leer los subtítulos sin poder prestar toda tu atención a la imagen – a mí me parece algo normal y corriente. Llevo haciéndolo desde principios de julio, entre una y dos horas al día. Es más, me gusta más así.

¿La película? Algo me decía que me iba a gustar. Y me gustó. Me pareció deliciosa, suave, tierna, difícil y delicada. Muchos minutos en silencio, gestos, miradas… yo que soy de las que se aburren fácil, puedo decir que éste no fue el caso.

El protagonista sueña con recuperar a su ex, que le ha abandonado. Ella, cada vez que él sueña con besar a su amada, se levanta de la cama como una sonámbula y vuelve con su ex novio, al que odia. Se conocen, hacen turnos para no dormir, se duermen, se despiertan, aprenden a controlarse, y se dan cuenta de sus errores.

Hacia el final, la película es un poco dura, la mayoría de la sala dejó de mirar la pantaña y un par de parejas abandonaron la sala, pero no sé si porque no les gustó la película o porque llegaban tarde a algún lugar. El verdadero The End me recuerda un poco a una de las obras de Shakespeare, no diré cuál, porque os destripo la trama.

Pude sacarle un par de fotos a la actriz y al productor, estuve tentada de ir a decirle a ella lo bien que lo había hecho, pero Publicista me agarró de la manga y tomó a Dios por testigo de la vergüenza que le iba a hacer pasar.

Ya no puedo sacar a pasear a mis amigas, cada cuál más rara que la anterior.

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Un pensamiento en ““Sueños” en Donosti

  1. Víctor M. dice:

    Tú y tu amiga sois la antítesis, menuda pareja tan cinematográfica hacéis, jajaja. Mucha suerte tuvisteis con el tema de las entradas, pero qué coño, a veces hay que tirarse a la piscina. Con lo emocionante que es siempre improvisar sobre la marcha.
    Lo de los subtítulos, bueno, es ya casi una rareza que yo vea una película sin ellos también. Siempre que puedo me gusta ir a cines donde proyectan la versión original.
    Maldita sea. Yo tenía que haber estado allí, viendo alguna película, tomando unas cañas, probando algún pintxo…

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