Cicatrices


Lucía se lió con Edu un dulce y brillante día de primavera. Vivían relativamente cerca y cuando se fueron a despedir… se liaron, y Edu y Lucía eran esas típicas personas que encajan con la forma de besar. Que no es lo mismo que liarse, Edu y Lucía lo intentan, de verdad que lo intentan pero son incapaz de despegar sus labios el uno del otro. No se gustan como para una relación, es sólo esa maravillosa forma de besar que encaja a la perfección con la del otro.

El sexo será igual, pensáis.

El sexo es brutal, bestial, increíblemente orgásmico y satisfactorio. No se dan mimos ni se tocan ni acarician más de la cuenta. Echan polvos. Y ahí acaba la cosa.

Luego Lucía se echó novio, y Edu se enamoró de Iraide, una de las mejores amigas de Lucía. Por el bien común, dejaron de acostarse juntos, y no les fue demasiado duro, ya que poca gente tenía constancia de aquella aventura. Sí, estaban liados pero les parecía absurdo decírselo a todo el mundo. ¿Para que él fuera el puto amo y ella una zorra? No, así estaban mejor las cosas.

Llegó verano, y el otoño y se apagó el brillo de las amarillas hojas para darle paso al invierno. Lucía y su novio lo dejaron, y Edu e Iraide comenzaron a liarse. Edu era feliz. Eran sólo besos robados, en el portal de Iraide, cuatro besos un sábado por la noche, un beso en la mejilla un jueves a la tarde, miraditas durante los fines de semana en el bar. Pero el sexo… nunca llegaba. Iraide era virgen, y aunque no lo fuera, sabía lo mucho que Edu la quería y le parecía utilizarle si se acostaba con él.

Así que durante un tiempo, en Neighbourhood nadie folló. Hasta que llegó nochevieja. La fatídica nochevieja.

Iraide bebió demasiado, como es costumbre en tierras vascas, y no sólo no le prestó casi atención a Edu sino que estuvo hablando con absolutamente toda la plaza y riéndoles las gracias a todos menos a él. Claro que éste es el punto de vista de Edu, la realidad es que Iraide se emborrachó y se dedicó a reír y a hablar con la gente a la que generalmente no veía durante el año.

Lucía y Edu volvieron juntos a casa, no era demasiado tarde, apenas las siete de la mañana, todo estaba en silencio. Se despidieron en la plaza y cuando Lucía se estaba desnudando se dio cuenta de que su móvil estaba vibrando. Edu.

– ¿Quieres sexo?

– Ahora bajo.

Digamos que se lo pensó un cuarto de segundo. Luego dejó de pensar y fue impulsada escaleras abajo con las llaves en la mano y sin jersey. Estaba muy, muy cachonda y su novio y ella lo habían dejado. No había más que pensar.

Salvo Iraide…

O no. Ya pensarían mañana en ella.

Lo hicieron en el mismo parque, entre el tobogán y los columpios, cubiertos por los setos que rodeaban el colorido recinto. Lucía abajo, luego arriba, de rodillas, de espalda. Se arrancan la ropa, en medio del parque infantil, comienza a hacer frío pero ya no notan nada. Nada de nada.

Cuando deciden que es demasiado tarde para seguir, son casi las ocho y media, a Lucía le duele la espalda y las rodillas. Se despiden sin darse ni un beso, Edu está muy enfadado consigo mismo por haber caído en su propia trampa, Lucía sólo quiere meterse a la cama. Se quita la camiseta y el sujetador, se baja los pantalones y se obserba ante el espejo. Abre los ojos, horrorizada, se gira, se lleva las manos a la boca.

Está sangrando. De todas y cada una de las vértebras de su espalda, de ambas rodillas. Se va a infectar, le duele, le duele mucho. Se ducha lo más en silencio que puede. Ya casi son las nueve. Corre a la cama, con suerte al día siguiente no habrá nadie cuando despierte.

Se echa litros y litros de betadine, no puede dejar que nadie lo vea. Durante las siguientes semanas no para de darse golpes en la espalda y piernas, como buena ley de Murphy indica, y no puede decir nada. Ni pegar grititos, tiene que hacer como que no ha sucedido. Porque no ha podido suceder, nadie es tan gilipollas. Lucía sí, sí lo es. Y éso es lo que más rabia le da. Es el karma, ella se lió con el rollo de Iraide y quedó marcada, marcada para siempre.

Han pasado casi tres años y Lucía sigue sin llevar mini faldas ni camisetas con las que se le vea la espalda. No se puede ser tan gilipollas. Pero Lucía sí lo es. Y éso es lo que más rabia le da.

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Un pensamiento en “Cicatrices

  1. Windfall dice:

    Es bueno, sin duda es tu forma de escribir. Pero le falta algo, al principio y al final 😉

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