Amsterdam, fuck me, please


Las filólogas nunca nos hemos llevado muy bien, la verdad. O no lo hicimos hasta que no llegamos a cuarto de carrera y me encontré con gente que me encantaba a mi alrededor, las vasquitas-pijas, la rubia, la sulfurada… y de repente formamos una pequeña familia llena de chistes sobre Old English o imitaciones de profesores. Y un buen día, de la noche a la mañana decidimos irnos a Amsterdam de viaje de fin de curso.

Y fue bru-tal.

Claro, claro que visitamos la casa de Ana Frank, Heineken, el pueblo de los molinos y el mini parque de atracciones con reproducciones de famosas casas holandesas (Madurodam). Bendita Holanda, me he vuelto a enamorar. Y no es sólo el barrio Rojo (que POR SUPUESTO me ha encantado), hay tantas cosas que decir sobre Amsterdam, que no sé ni por dónde empezar. Supongo que habría que describir cómo es Amsterdam, dando por hecho que no todos habéis estado ni habéis oído hablar de todo lo que hay realmente allí. Hay libertad de expresión, de éso hay mucho, por desgracia… se está acabando. El nuevo gobierno quiere acabar con que los turistas fumen en los coffee shops, y el privilegio quedará reservado para los residentes del país. La prostitución pasará a ser ilegal, y las chicas que ofrecen su cuerpo en los escaparates, pasarán a ser leyendas que cuenta el viento. Si queréis ver Amsterdam, tenéis que ir en este 2011, antes de que acabe el mundo y no podamos disfrutar de los porros, el alcohol y mi adorado sexo.

Al parecer en Holanda llueve mucho, a nosotras no nos llovió nada, sufrimos durante cuatro largos días una tormenta de viento, peinarse pasó a ser un suplicio y gorros y bufandas fueron nuestros aliados. Creo que estas vacaciones han sido una de las veces que más frío he pasado junto a la vez que fui con Madre a Nueva York en marzo, aquel viento era de un acero glacial. En Amsterdam las casas están inclinadas hacia delante, todo tiene su explicación, también hay gatos en los restaurantes y cocinas, todos van en bici, y siempre habrá alguien que intente atropellarte cuando andas despistado, los tranvías pasan cada minuto, en toda clase de direcciones. Hay gente que canta por la tarde/noche en las plazas y gente (como yo) que en vez de darles dinero les escribe en un papelito lo mucho que les ha gustado su voz y su guitarra. Hay ocasiones en las que fumar porros y en las que comer pasteles con hachís, también fuimos al bar donde Brad Pitt, George Clooney y Matt Damon rodaron una escena de Ocean’s 11.

Todos los españoles por el mundo que salen en el programa se encontraban en ese momento en Amsterdam, no sé porqué, pero es así. Todo Amsterdam estaba plagado de hispano, llegaba a ser agobiante, por suerte siempre nos quedará el euskera cuando queremos asegurarnos de que nadie entienda qué queremos decir. Pero yo, estúpida como yo sola, y víctima del destino – como siempre – me ocurrió lo habitual, que un chico entendió todo lo que decía. Mi cara tuvo que ser un poema. Entramos a uno de los coffee shops de la cadena Bull Dog y una de las vasquitas-pijas se viene conmigo a la barra a pedir varios batidos de chocolate con nata montana. De hecho hay un camarero que está muy requetebien y que mi radar ya ha detectado en cuanto he entrado al local. Le pido en inglés lo que queremos y me guiña un ojo. Me río y le digo a mi amiga:

– Menudo semental, ¿eh? Encima está muy bueno…

– Sí, sí que está tremendo.

– Y tiene una pinta que follar que flipas.

– Está resfriado – dice mi amiga cuando el camarero saca un pañuelo y se suena la nariz.

– Me da igual, tiene un polvazo.

Me quedo pensando en la situación durante un momento y en alguna parte de mi mente unos dedos chasquean. Aquí hay gato encerrado.

– ¿Te imaginas que entiende castellano? – le digo a mi amiga.

– Pues menuda risa – contesta.

El tipo se gira y nos dice en castellano.

– 7,80 chicas…

Mi amiga y yo nos miramos, el chico sonrió y me guiñó un ojo (creída, pensaréis, os guiñó un ojo a la dos, no perdonad, no estabais allí, me lo guiñó a mí. FACT.) Le tendí un billete y me giré a ayudar a la chica de mi clase a abrir la puerta de cristal donde se encontraba el resto. Me giré, echa un manojo de nervios a por las vueltas, el camarero me volvió a sonreír y cuando tendí la manos para coger el dinero, me precipité en dirección contraria, chocándome con bastante gente. Fue patético. Muy divertido, claro que sí, y si hubiera tenido los cojones, podría haber ido a hablar con él y a pedirle su número y proponerle echar un polvo. Pero me iba a ir al día siguiente, y todavía no soy tan atrevida.

El barrio Rojo. Para visitar ésto de una forma más interesante, cogimos un tour que nos costó diez euros, y un guía llamado Pablo – un loco periodista, DJ, hippy, que cree en el fin del mundo y que insiste en que todo es un complot de los ángeles caídos – nos mostró las curiosidades de aquellas calles. ¿Mereció la pena? Sí, supongo que sí, pero diez euros quizá sea demasiado pedir para el poco jugo con el nos vendió el barrio, yo quería saber más sobre las prostitutas, sobre cómo pensaban, sobre si tenían problemas, cómo eran sus clientes, qué había hecho que entraran al negocio y esas cosas que tanto me fascinan.

Cuando el año pasado fui a Barcelona, ya comenté que si Barcelona fuera un hombre, me querría casar con él, sería el hombre de mi vida y me pasaría toda la eternidad tendida en el suelo del salón, sobre la alfombra, observándolo. Si Amsterdam fuera un hombre, sería mi amante, y echaríamos unos polvos legendarios.

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Un pensamiento en “Amsterdam, fuck me, please

  1. Daniel dice:

    Vaya necesidad de libertad, la de las filólogas españolitas. Se dicen y repiten de izquierdas, e intelectuales progresistas, y al final el mundo se les abre al ir desandando metrópolis decadentes y capitalistas.
    Por el post pareciera como si la única libertad o igualdad que necesitasen fuera la sexual… como si Anaïs Nin o Murasaki Shikibu no hubiesen machacado ese mito lo suficiente. Claro, comparar a Hikaru Genji, o al propio padre, con un macizo camarero puede ser el colmo de la vulgaridad, o simplemente el cambio de tiempos y estilos.

    Nada, un comment nacido de la envidia viajera y de la incomprensión machista.

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