El día que el mundo terminó y yo me hice mayor


Hoy he tenido que entrar en mi universidad. La última vez que entré fue cuando hice mi último examen, hace ya un año y medio. Obviamente la he visto muchas veces por fuera, pero no es lo mismo.

Recuerdo cuando fui a puertas abiertas cuando estaba en segundo de bachiller y mi madre me contaba cosas que recordaba de su época universitaria. Y me parecía absurdo. No me hacía gracia tener que ir a una universidad privada, no quería que fuera religiosa y temía que mis compañeras de clase fueran unas pijillas de papá.

Obviamente me equivoqué en todo, aunque me empeñé en tener razón durante varios meses el primer año que estuve. Luego empezaron las amistades, los planes de futuro, los erasmus, los novios, los cotilleos, las clases, los idiomas y todos esos recuerdos que creé en los años que estuve estudiando allí.

Hoy a la mañana cuando me he despertado y he pensado: tengo que ir a la uni, me he dado cuenta de que éso hacía un año y medio que no me ocurría. El año pasado tenía clase por la tarde y cuando tenía por la mañana, primero tenía que ir a trabajar, así que desde que dejé Filología no había vuelto a pensar eso.

Me he vestido nerviosa, como si fuera a quedar con alguien a quien tenía que impresionar. Me he subido al metro con un libro, como solía hacer antes, también he recorrido las calles leyendo, sin mirar a mi alrededor. O por lo menos lo he hecho hasta que me he acercado al puente. No solía bajarme en Moyua para ir a la uni, pero el viaje es más bonito por el centro que por la línea recta interminable que es Deusto. Así que he puesto el marca páginas y he cruzado el puente, admirando la arquitectura que conserva todas esas horas aprendiendo inglés, literatura, historia de la lengua, fonética. He mirado por la ventana del cuarto de baño, como solía hacer y me he imaginado la de veces que he tenido la misma conversación con Escritora “sería genial rodar un corto en esa casa”. Nunca lo hicimos.

He olido mucho la universidad, no huele demasiado pero sí que tiene ese olor personal que todo y todos poseemos. Olía a esperar a Kukaa para volver en metro juntas, olía a lluvia y a tropezar. Olía a quedarse encerrada en el ascensor y a correr por los pasillos porque llegaba más tarde que nunca. Olía a gente nueva, a erasmus, a risas y a mil cosas más que unas pocas palabras no pueden abarcar.

Me ha gustado ir. Creo que me he enamorado por primera vez de la universidad, ahora que ya no me amarga porque en secretaría hay una cola de más de media hora o porque un profesor no está en su despacho cuando pone claramente que son horas de tutoría. He incluso cantado la banda sonora de Harry Potter mientras me encaminaba hacia el laberinto.

Digo que me he hecho mayor porque supongo que acepto, muy a mi pesar que la época de ser universitaria ya pasó. Que ahora por mucho que siga estudiando, yo sé, y todo el mundo sabe que lo hago porque no tengo nada más que hacer. Porque no hay dinero en este país. Porque yo no soy hija de nadie ni fue nunca la mejor de la clase como para poder estar trabajando en un colegio privado. Ni siquiera fui suficientemente espabilada como para irme a EE. UU. a vivir y hacer un máster y un doctorado allí.

Hoy al mirar los recuerdos me he dado cuenta que ya he pasado el lugar. Que por mucho que desee volver, ya soy demasiado mayor para ello. Tengo que dejar de forzarlo y asumir de una vez que sí, que por muy infantil que sea soy mayor.

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