Estamos ante un mito

No sé hace cuánto le conocí. Cinco, cuatro, tres años… no recuerdo qué edad tenía cuando empecé a escribir en Cuentacuentos, fue rápidamente de mis cuentacuentos preferidos a la hora de relatar. Porque jóvenes lectores, habrá muchos tipos de escritores, pero clasificando a grandes (muy grandes) rasgos, hay dos tipos: los que tienen el vocabulario para contar historia y los que tienen imaginación para hacerlo. Brian tiene las dos.

No recuerdo el título del cuento que leí que me hizo darme cuenta de que aquel chaval iba a ser un día un grande de la literatura española. Alguien que más tarde yo podría presumir de haber conocido. Pero cuando quedé con mis amigas y les conté la historia y que se trataba de un chico de cc, recuerdo haber dicho éso. Un mito. La leyenda. Un genio con talento.

Y ahora va el señorito y gana, gana que le publiquen un libro, una novela. La envidia me corroe, no de una mala forma, sino con admiración, esa envidia de la buena que tanto se comenta. Éste es el texto que él nos pasó:

«El jiennense José Alberto Arias, con «La traición de Wendy», ha obtenido el primer premio del Certamen Andalucía Joven de Narrativa, convocado del Instituto Andaluz de la Juventud (IAJ).

El jurado de este certamen, integrado por el editor David González; la poetisa y gestora cultural Teresa Suárez; y los escritores Antonio Molina, Manuel Moya, Francisco Huelva e Igor R. Iglesias, ha destacado la calidad y originalidad de esta reinterpretación de la obra «Peter Pan», de J.M.Barrie, según un comunicado del Instituto Andaluz de la Juventud. José Alberto Arias, nacido en Bélmez de la Moraleda (Jaén), tiene 22 años y estudia Traducción e Interpretación en la Universidad de Granada.
Este joven comenzó a escribir a 15 años y con 19 ganó el Certamen Andaluz de Escritores Noveles del Pacto Andaluz por el Libro (PAPEL), en la categoría de relato, con la obra «Si llueve», y actualmente cuenta con un blog literario (brianedwardhyde.blogspot.com) llamado como un personaje de su primera novela, ‘La dama de oriente’.

Según el joven autor, con «La traición de Wendy» pretendía «mostrar el reverso tenebroso o terrorífico del mito de Peter Pan, lo que nunca nos cuentan de esa historia». La narración, concebida como una «continuación» de esa obra clásica, se centra en el crecimiento y el paso a la madurez de una niña. Arias ha explicado que el título de la obra ha sido tomado de un disco del cantautor Ismael Serrano, con la particularidad de que cada capítulo del libro corresponde también al nombre de las canciones que componen ese álbum. Tras obtener el primer premio del Certamen Joven de Narrativa del Instituto Andaluz de la Juventud, José Alberto Arias firmará un contrato con la Editorial Berenice para la publicación de su obra en los próximos meses.

Desde la puesta en marcha de este concurso, enmarcado en el Programa Arte y Creación Joven que en 2009 pasó a llamarse Desencaja (www.desencaja.es), han sido publicadas las obras ‘Mil perros dormidos’, de Antonio Ortega; ‘Francis Bacon se hace un río salvaje’, de Braulio Ortiz; ‘Podium’, de José Ramón Navarro; ‘Subterráneos’, de Vicente Luis Mora; ‘Boxeo sobre hielo’, de Mario Cuenca; ‘Fábrica Creátor’, de Patricia García-Rojo; y ‘Pasos para dar el salto’, de Juan Cruz López.»

Y ahora, no sé qué coño hacéis aquí, todos pasaros a leer su blog. YA.

El capitán

Una semana después de su muerte, una mañana me ocurrió una cosa extraña: ¿y si habían asesinado al Capitán Rickie? Nunca había sido el pirata más salvaje de la tripulación y algunos veían éso como signo de debilidad.

Por supuesto que el capitán tenía que ser el terror de los mares, pero el ser salvaje iba de la mano con ser imprudente y un bestia. Tampoco nos podíamos permitir perder a todos los marineros por las ganas de oro del nuevo capitán.

Salí de mi camarote en dirección a proa, desde allí habíamos lanzado el cuerpo del capitán, en un bote con el primer tesoro que Rickie encontró en su juventud. Yo todavía no había topado con ningún tesoro, si moría lo haría vacío, nada a mi alrededor desvelaría que alguna vez fui un pirata a bordo del Galeón, la nave más potente y rápida jamás pilotada por piratas. Miré al horizonte, intentando recordar algo que probara que el capitán había sido asesinado. Claire, su hija, había estado allí cuando le cambiaron la ropa para vestirlo con lo mejor de su armario. El único de todo el barco que tenía conocimientos médicos era Samuel, le habíamos recogido en una playa italiana, decía venir de ninguna parte, un ciudadano de la tierra. La verdad es que había salvado ya a 5 o 6 marineros de una muerte segura. Me había tomado a mí como aprendiz ya que era el último a bordo y no me había especializado aún en nada. Los cuchillos se me daban bien, pero ésa no era excusa para que Whiteman me instruyera en su arte de matar. La medicina exigía de cuchillos, mucho más finos que los que utilizábamos en batalla, pero precisión al fin y al cabo. Claire también estaba a las órdenes de Samuel. Ayudaba en la cocina a Jak, el cocinero, pero en su tiempo libre se unía a nosotros. Samuel le repetía una y otra vez los remedios sanadores para que Claire pudiera recitarlos de memoria y aplicarlos más tarde.

¿Quién podría haber matado al capitán? No le dije nada a nadie, pero me pasé varias horas observando a la tripulación mientras poníamos rumbo a África. Whiteman y Rickie nunca había hecho muchas migas, pero de ahí a matarlo… Si le hubieran envenenado habría tenido la lengua negra y no la tenía, ni sangraba por ningún lado, así que nada de heridas de arma blanca. Puede que hubiera muerto de un modo natural. Y entonces…

Salí corriendo hacia la cocina, Claire había inspeccionado el cadáver mejor que nadie, después de todo era su padre.

– ¡Muchacho! ¿A dónde vas con tanta prisa?

– ¡Billy, que corriendo no llegaremos antes a África!

– ¡Mocoso, cuidado por dónde andas!

Seguía corriendo, haciendo caso omiso de los gritos de sorpresa de los piratas con los que me cruzaba. Me veía agobiado. No había tiempo. Rickie necesitaba descansar en paz y para ello, tenía que averiguar cómo y porqué había muerto.

– ¡Claire!

Se encontraba cortando verduras sobre una tabla de madera. Jak no estaba en la cocina y había dos pucheros enormes, en los que bullía la comida para el almuerzo.

– Tengo que hablar contigo – dije en un susurro acercándome a ella. Siguió cortando verduras como si no me hubiera visto ni oído, muy típico de Claire. Tome aire y lo solté – No estoy seguro de que tu padre muriera de una muerte natural. Creo que le asesinaron.

Por primera vez levantó la mirada, esperaba que reflejara sorpresa, pero estaba muy seria.

– Yo también lo creo.

– ¿En serio?  – no me esperaba que su reacción fuera a ser ésa.

– Tenía una mordedura en el cuello – se pasó los dedos por el cuello, justo debajo de la oreja – como de vampiro.

Joder. Bufé. Claire era una fantasiosa. Yo necesitaba que recordara un dato interesante, algo que pudiera sostenerse, algo que mostrar a Samuel.

– ¿Por qué no me crees? ¡Los vampiros existen! ¡La prueba es la muerte de mi padre! – comenzó a elevar el tono y le pedí que se calmara.

– ¿Y si tan segura estabas, por qué no nos dijiste nada a Samuel o a mí?

– Me habríais dicho que podría ser la picadura de una araña o cualquier otro insecto.

– Porque podría serlo – hablar con Claire sobre temas serios siempre hacía que me acabara enfadando con ella.

– No. Le hice la prueba. No reaccionó la piel. La herida estaba limpia. La mordedura es de vampiro.

– Ésto es absurdo.

Me di la vuelta para salir de la cocina pero que Claire no protestara llamó mi atención.

– ¿En serio lo crees?

Asintió.

– ¿Que además de que existen los vampiros, hay uno aquí?

– Sí, Billy, creo que existen y que uno de ellos mató a mi padre.

Se había enfadado, tenía las mejillas rojas y se le habían crispado las manos.

– Intentaré hacerme cargo de la situación.

Si había sido asesinato, alguien querría el poder que Rickie había dejado a su paso. Quienes salieran como posibles candidatos a ocupar el trono de capitán, serían sospechosos.

Aquella misma noche, varios nombres comenzaron a ir de boca en boca: Whiteman, Samuel y – para sorpresa de la mayoría – yo mismo. Había gato encerrado. Que yo saliera como candidtao era muy sospechoso, alguien sabía lo que yo tramaba e intentaba que cargara con la culpa. Claire estaba a dos mesas de distancia y cuando le dijeron que yo podría ser capitán, creí haberla perdido para siempre. ¡Yo no era ningún vampiro! ¡Era aprendiz de médico! De médico… Samuel. Venido de ninguna parte hacía tres o cuatro años. Conocimientos médicos y sanadores. Siempre tan pálido, nunca a la luz del sol…

Me levanté de golpe y recorrí los pocos metros que nos separaban a Claire y a mí. Le conté mis suposiciones.

– Samuel… – murmuró Claire mientras le miraba. Estaba sentado en el otro extremo de su mesa. Él nos miró y noté cómo ella apretaba mi mano con más fuerza. Lo sabía. Sabía que lo sabíamos. Busqué a Whiteman con la mirada, pero no le vi en ninguna parte.

– Está en su camarote – respondieron ante mi pregunta.

– Vamos a hablar con él, sabrá qué hacer mejor que nosotros – le susurré a Claire al oído.

Se rió coquetamente y le seguí el juego. Apuré su vaso de vino y los dos nos fuimos por el pasillo de la derecha. Cuando estábamos lejos de los gritos de los piratas borrachos, echamos a correr. Al llegar al pasillo en el que se encontraba el camarote de Whiteman, vimos la fina figura de Samuel esperándonos. No podía ser. Era imposible que nos hubiera adelantado, le habríamos visto.

– Así que habéis descubierto mi pequeño secreto. Ahora tendremos que llegar a un trato.

Ni Claire ni yo hablamos.

– ¿Quieres llegar a ser capitán? – durante unos segundos no dijo nada y luego volvió a preguntar – ¿Alguno quiere ser inmortal?

Claire me agarraba muy fuerte la mano, casi ni la sentía.

– ¿Por qué le mataste? – dijo la muchacha en un hilo de voz.

– Poder, pequeña Claire. Casi más deseoso que la sangre de un humano. Y por supuesto mucho más eficaz. Imaginad… el Galeón, lleno de piratas inmortales. Seríamos los reyes de todos los mares y océanos.

Pensamientos de un loco. Teníamos que huir. Antes de que Samuel pudiera reaccionar, le hice un gesto a Claire para que echara a correr hacia la salida. Yo me quedé ahí plantado y Samuel sonrió.

– Quizá sí que tenías el valor para haber sido discípulo de Whiteman.

Ladeé la cabeza.

– ¡Tierra a la vista! – gritaron.

Los vítores que siguieron al aviso me dieron tres segundos para salir corriendo detrás de Claire. No miré hacia atrás, porque tenía miedo de no encontrarme a Samuel, éso querría decir que tenía otro modo de desplazarse que no fuera andando o corriendo como nosotros. Todo era una locura. Llegué a proa y me asomé, mirando el horizonte, donde se distinguía las formas de tierra, de suelo firme, lugares donde atracar, robar oro y comer bien. Claire apareció a mi lado. Allí estábamos más o menos a salvo la mayoría de la tripulación se encontraba a nuestro alrededor, Samuel no podía atacarnos en medio de todos los piratas. Notamos sus brazos alrededor de nuestros hombros, una milésima de segundo después de sentirnos a salvo. No podríamos escapar nunca.

– Siempre soñaréis con huir…

Se apartó de nosotros y se alejó silbando.

– Saltemos – sentencié.

Claire me miró asustada. A nuestro alrededor piratas borrachos celebraban la cercanía de una nueva conquista en la tierra. Todavía estaríamos a un par de kilómetros de la costa, tal vez más. Podríamos morir si saltábamos ya, teníamos que esperar a acercarnos más. Busqué a Samuel con la mirada, ya no podía verle a nuestro alrededor.

– Yo esperaría a que el barco nos acercara más.

Asentí de un leve movimiento de cabeza. Estuvimos paseando de un lado a otro mientras la ansiedad nos atormentaba. Se me pasó por la cabeza ir a mi camarote y coger ropa, o quizá Claire tuviera dinero en el suyo, un poco de comida de la cocina… Para cuando mi indecisión se esfumó la playa estaba a unos 200 metros. Era ahora o nunca. Agarré la mano de Claire y me olvidé de todo, íbamos a salvar nuestras vidas. La ayudé a subir y ella se agarró a la sirena que había al frente de la embarcación, subí detrás de ella. Teníamos que saltar a la izquierda para poder echar a nada y salvarnos de ser arrollados por el Galeón.

– ¡Jóvenes, pero qué hacéis! – un pirata a nuestro lado, Alture, sentado en una taburete con un vaso de whisky en la mano nos miró divertido – Os acabaréis cayendo – se rió.

Por el rabillo del ojo vi a Samuel pasando entre la gente, viniendo hacia nosotros demasiado rápido para ser humano, pero no lo suficiente para alcanzarnos.

– ¡Dentened a Claire y a Billy!

Vi a Alture levantarse, mareado e intentar andar los dos metros que nos separaban en línea recta, no hubo manera. Claire y yo saltamos. Cuando estuve a una buena distancia me giré sin dejar de nadar y vi a todo el mundo asomado, distinguí la pálida figura de Samuel en una esquina, en silencio, mirando hacia nuestro dirección. Me di la vuelta y proseguí mi huida con aún más aínco.

Llegamos a la orilla extenuados. Por un momento creí que moriríamos antes de llegar. Nos sentamos en la arena a observar el barco.

– ¿Me prometes que ahora todo irá bien?

– Te lo prometo.

Por supuesto que era mentira. ¿Cómo iba a ir algo bien? No teníamos dinero. Éramos piratas. Huíamos de un vampiro. Nuestros amigos y aliados iban en el Galeón, nuestro hogar desde hacía 20 años. Pero estábamos vivos y éso era lo importante.

¿No?

Flashback

Hannah miró por la ventana del rascacielos. El mundo era muy pequeño allí abajo, todo el mundo tenía problemas, pero al igual que sus dueños, eran demasiado pequeños para poder alcanzar el alto edificio en el que Hannah trabajaba. Pudo ver La Torre de Londres y el famoso puente plagado – casi siempre – por turistas. Pero aquéllo no era más que una pérdida de tiempo. Volvió su vista a la mesa y siguió con su caso, pasó el dedo índice otra vez por lo que la mujer exigía y todo lo relacionado con lo que su cliente le había dicho y dado, llevaba ya varias horas bloqueada, se despistaba con todo.

– Coche, cerámica china, hijos, dinero – se repetía una y otra vez sin sacar nada en claro. Putos divorcios. Putos divorciados, siempre igual estaban, el 85% de los matrimonios acababan mal en cuanto a divorcio, sin hablarse, sin querer tratarse, odiándose a veces.

Levantó la vista de los papeles y se encontró con aquella foto. Era en la feria del pueblo y estaban todos hechos un cristo, las chicas se habían disfrazado de patos y los chicos de payasos.

Su pequeña ciudad.

A miles de millas de Londres, de su trabajo. Sonreía melancólica cada vez que miraba aquella foto, pero no quería meterla al cajón, esconder los recuerdos no serviría de absolutamente nada.

Todos aquellos amigos de infancia, de adolescencia y de principio de madurez, retratados en aquel instante, con 17 años, en la flor de la vida a punto de gritar de alegría, y con un toque de borrachos en los ojos de todos.

Cuantiosas sumas de piras al instituto, y ahora abogada. ¿Quién lo diría? Su madre siempre se lo echaba en cara cada vez que llegaban los resultados, que como siguiera así no llegaría a nada. Quizá por éso se fue del pueblo, para llegar a algo, algo tan alto que era irreal a la vista del resto de sus amigos. Había desaparecido de allí sin dejar rastro llevando consigo aquella vieja foto. Quiso llamar a su secretaria para pedirle su opinión sobre aquella fotografía, pero podría ser excesivo mostrar ante el resto del bufete que no hacía nada, que aquella tarde no le apetecía trabajar. Y sabía que Jennifer cotillearía con el resto de las secretarias. Volvió a levantarse y caminó por su despacho.

– Coche, cerámica china, hijos, dinero – murmuraba intentado arreglar el caso.

Ya no podía borrar el pasado y hacer como que no se fue el pueblo sin graduarse. Ya no podía hacer nada. Recordaba los millones de días de verano al sol, sentados en medio de la nada con la radio a tope y todos tirados en medio de la carretera gritando a todo pulmón las canciones que se sabían. Hannah recordaba a la perfección los primeros besos con Mikey, había oído hacía un par de años que estaba casado y con un par de hijos. Hijos. A años luz los veía ella. Se había despedido demasiado pronto de todo, sin dejar que ella misma madurara, sin plantearse qué quería con su vida. Había huído de Dawlish al enorme Londres.

Echaba de menos su casa, su cuarto, la comida de su madre, las quiches, los pasteles de carne, sus amigos, la risas, los gritos de verano, los disfraces para la feria. Pero ahora era demasiado tarde, no podía volver, ya no podía irse de allí.

Así que siguió murmurando:

– Coche, cerámica china, hijos, dinero.

Putos divorcios.

Basado en la canción Photograph de Nickelback, puede que estuviera bastante modificado, pero tampoco os podía hacer una copia de lo que el cantante nos ofrece.

United States of Tara («mi idea»)

La cadena Showtime (madre de Dexter) nos trae lo que promete ser una maravilla, o por lo menos tiene toda la pinta de ello. Se va a llamar The United States of Tara y constará de 12 capítulos en su primera temporada.

La actriz principal será Toni Collete (que yo vi por primera vez en la película de En sus zapatos y luego no paré de verla), que tiene una pequeña enfermedad: sufre desorden de personalidad múltiple. (Yo una vez escribía la historia de un loco que le ocurría éso, os la voy a poner más abajo para que veáis que no miento y que puede que en un futuro yo también escriba una serie para Showtime :P). La cosa es que el personaje de Toni Collete es madre de familia, así que su marido e hijos tendrán que vivir y aguantar las locuras que supongo que hará su madre. El padre lo interpretará John Corbett, que cuando le veo en pantalla ya me siento más tranquila, no sé por qué, pero me cae… fantásticamente bien. Como podréis imaginar para esa familia cada día será un dilema. ¿Qué hará hoy mamá, cuántos años cree que tendrá, creerá que estamos en el siglo XXI?

Si hasta ahora no os parece una idea cojonuda (tenéis que decir que sí, que yo tuve la misma, lo que me llena de orgullo) ahora os diré que la creadora ha sido Diablo Cody (Juno). Ella escribió el piloto y será la productora ejecutiva junto con Steven Spilberg. (Bueno también hay más gente, pero no importa). Y ahora que os he contado ésto… no me podéis decir que no la veréis. He leído en Hablando de series que dicen que se estrenará la próxima temporada. ¿No es la vida maravillosa?

Y ahora mi cuento: Lo escribí el 11 de mayo de 2007 y se llama HOY NIETZSCHE, MAÑANA…

 ¡Y se fue sin decirme nada! La muy zorra – murmuró con odio.

¿Quién es hoy? – Arantza se acercó con precaución al médico, sabiendo que su hermano saltaba a la mínima.
– Nietzsche. Lou Salmone, acaba de abandonarle y está perjurando contra ella y su amigo Paul Rée – contestó el médico mirando a Miguel, el sujeto de su investigación.

         – ¿Pero le ves que mejora?

         – No del todo, pero aprendo mucho con él. Todas las mañanas cuando las enfermeras le traen el desayuno es una persona diferente, desde Leonardo Da Vinci, hasta César. Cada vez que cambia de personalidad tengo que hacerme un rápido resumen de la vida de las personas a las que interpreta, y así, quieras o no acabo sabiendo un poco de todo.

         – ¡HIJA DE PUTAAAA, VEN A DAR LA CARA! – Miguel seguía desgarrándose la garganta llamando a la ya fallecida amante de Nietzsche.

         – Las visitas suelen calmarle, podrías pasar un rato y hablar de filosofía – sugirió el médico.

Arantza rió amargamente.

         – Lo que hay que aguantar – se acercó a su hermano y presentándose como una desconocida, como hacía siempre que le iba a visitar le dio dos besos.

         – ¿Eres amiga de Lou?

         – No… – no le costaba mucho investarse una excusa cada vez que Miguel quería saber algo, llevaba ya 5 años haciéndolo – he leído algo sobre lo que has escrito y me parece muy interesante.

Miguel se tranquilizó y tirándose hacia atrás en su silla y sonriendo preguntó:

         – ¿El qué?

         – Tus ideas sobre la versión socrática que nos ha llegado sobre la Grecia Antigua particularmente.

         – Sí… no hay más que mirar a nuestro alrededor para darnos cuenta que todo el mundo se reprime. ¿Has observado a ese tipo? – señaló al médico – parece ser que tiene un extraño tic en la pierna, pero yo juraría que le pica la polla y le da vergüenza rascarse.

         – ¡Miguel, no digas esas cosas! – Arantza siempre se incomodaba cuando soltaba las cosas sin atenerse a las consecuencias.

         – ¡Me llamo Friedrich! ¡Y es verdad! Tendría que ser libre de hacer lo que quisiera. ¡Es un animal como todos aquí! – comenzó a reír estruendosamente.

         – ¡Está loco! – murmuró el enfermero que le cambiaba las sábanas.

Miguel se rascó el mentón.

         – ¿Quién es el loco aquí? ¿Quién juzga la locura? ¿Tú? ¿Un cuerdo del montón? ¿Por qué yo iba a estar más loco que tú? ¿Y quién te dice que yo soy el loco?

El enfermero bufó y el médico le hizo señales a Arantza de que era el fin de la visita.

         – Puede que me pase un día de la semana que viene Migu… Nietzsche.

         – Aquí estaré – luego giró la cabeza y miró por la ventana, desde donde se veía el parque.

         – ¿Y qué haremos hoy doctor? – preguntó el enfermero al médico cuando Arantza hubo partido.

Miguel sonrió frotándose las manos perversamente al oír la pregunta y dijo:

         – Lo mismo que hacemos todas las noches Pinky, tratar de conquistar el mundo…

El largometraje

– «La historia que les voy a contar tiene un principio -como todas -, pero aún no tiene un final ¿Me atendéis?

Natxo estaba muy nervioso. Había escrito un largometraje. Su primer buen largometraje. Uno que él creía que podía valer la pena ser rodado. Pero antes de hacerse mínimas ilusiones necesitaba leérselo a sus amigos, cambiando el tono de voces representanto la historia, haciendo los gestos que imaginaba que sus personajes harían. No, Natxo no era muy buen actor, pero la cosa era recibir un chorretón de realidad de parte de sus amigos. Para bien o para mal las críticas eran necesarias. Estaba harto de su mierda de trabajo, necesitaba lanzarse en serio, aquella podía ser su oportunidad.

– A ver, vuelve a empezar – dice Marina que se proponía a escuchar a su amigo.

– No, primero explícanos otra vez cómo va la historia – David bebió otro trago de cerveza y la depositó sobre el posavasos.

Natxo les fulminó con la mirada. Suspiró y comenzó a resumir por enésima vez su historia.

– A ver, es la historia de un tipo que trabaja para la mafia. No es un mafioso, él es el chico de los recados, el que les trae y lleva la comida. Sabe para quién trabaja, pero tampoco es que sepa de qué va cada jugada, asesinato o robo que hacen. Él lo que realmente quiere es ser escritor y está allí sacándose el pan. Pero un día sin querer descubre la escena del crimen y acaba por descubrir la historia de por qué mataron a aquel tipo.

– Vale, vale – dijo Luis – luego es cuando la escribe, la publica, se hace famoso y los mafiosos quieren matarlo. Es así, ¿no?

Natxo asintió, por lo menos uno de sus amigos sí que le había estado escuchando las dos primeras veces que ya había contado el resumen.

– Bueno, pues os la leo. La primera escena sería la del final y el protagonista contando cómo se enteró de la historia, iría todo con una voz en off él contándolo después de ser asesinado.

(JON) «La historia que les voy a contar tiene un principio – como todas – pero todavía no tiene un final»

(FERRELI) «Ojo por ojo y diente por diente. Sabías que no te tenías que meterte con nosotros»

(JON) «Pero déjenme que les cuente cómo fue, no quise hacerlo a propósito»

(FERRELI) – acercando el cuchillo a la garganta de Jon – «Lo que a ti te hace rico y popular, a nosotros nos perjudica el negocio, la familia. Y como bien sabes… la familia es lo primero» – le corta la garganta.

Marina, Luis y David escuchaban la historia atentos, emocionados por cómo se desarrollaban los acontecimientos. Podía llegar a ser una buena película. Así que después de cuatro rondas de cervezas, una de patatas fritas y dos de aceitunas, Natxo acabó de leer su guión. Recibió las críticas que quería oír, algún que otro detalle sobre qué no se entendía bien y qué podría mejorarse, pero con un buen resultado.

– ¿No estás emocionado? – Marina le cogió de las manos y sonrió feliz – Podría comprártelo una productora y sería tu primer largometraje, por fín, después de todo ese sacrificio. Las horas de ver el Padrino y Los Soprano, han tenido su lado positivo.

Natxo forzó una sonrisa.

La cuadrilla se despidió y cada uno volvió a su casa, Luis había llevado coche y dejó a Natxo en su portal.

– ¿Nos veremos la semana que viene, no? – Luis bajó la ventanilla del coche para despedirse de su amigo.

– Sí, te llamaré el miércoles o el jueves si es que hay alguna novedad, pero ya sabes que el mundo del séptimo arte es lento. ¡Hasta luego! – Natxo sacó las llaves del bolsillo y entró al portal.

Subió las escaleras con el corazón ligero, feliz por haber encontrado por fin un guión que gustara a todos sus amigos, por fin había sido capaz de adaptar algo bien. Entró en casa y se sentó frente al ordenador para reescribir los detalles que sus amigos le habían recomendado cambiar.

Primero oyó, luego notó, pero ya era demasiado tarde.

– Sabías que no tenías que meterte con nosotros, ojo por ojo, diente por diente.

Natxo notó cómo salía la sangre a borbotones de su boca, no podía hablar.

– Lo que a ti te habría hecho rico y popular – el jefe de Natxo señaló el guión sobre la mesa del estudio – a nosotros nos perjudicaría el negocio, la familia. Y como bien sabes… la familia es lo primero.

El elegido

La oscuridad lo envolvió todo, y supo que cuando volviese la luz todo habría cambiado.

Y así fue. Cuando Andrés volvió a ver algo, la blancura lo cegó. Todavía recordaba las frases de sus amigos, con los que había estado segundos antes:

– No me ha gustado mucho el partido, el árbitro ha sido un hijo de puta.

– Siempre son unos hijos de puta. Favoreciendo a los de fuera.

Todo era demasiado reluciente, un blanco que molestaba. Cerró los ojos y poco a poco los fue abriendo, acostumbrándose. Oyó un carraspeo y cuando abrió los ojos por completo, acostumbrado al brillo se dio cuenta que estaba rodeado de gente.

Todo estaban sentados en cómodos sillones blancos, con túnicas blancas. Se giró sobre sí mismo. Estaba totalmente rodeado.

– ¿Es usted Andrés Rodrigo? – preguntó en un aburrido tono un hombre de largas barbas blancas que era totalmente calvo.

Él asintió.

– ¿Qué es todo ésto?

Pero nadie contestaba, todos miraban los papeles que tenían sobre sus rodillas. Se giró muy despacio mirando cada una de las caras que en aquella redonda habitación se encontraban. Estaba la especie de Merlín sin pelo que parecía el manda más, a su lado, un viejo hombre, arrugado y encogido sobre sí mismo parecía susurrarle cosas mientras Merlín pasaba ojas mirando por encima de los papeles a Andrés. A la derecha del jefe se había un hombre bien gordo, más bien obeso que parecía mirar al chico muy fijamente, pero tenía los ojos muy pequeños y no se podría decir con seguridad. Y fue entonces cuando la vio. Junto al señor obeso había una mujer de largo pelo azul, desprendía un brillo gris platino que reconocía, ya la había visto antes. Antes de estar en esa desconocida sala blanca, antes de hablar con aquel Merlín y de acostumbrarse a la luz. La miró durante largo rato, ojos negros de gato, piel morena color aceituna. Desprendía misterio y una extraña oscuridad que le hacía sentirse atraído.

– Te conozco – oyó Andrés que decían sus labios.

Toda las personas de la sala blanca levantaron la mirada y la redonda estancia se llenó de susurros. «Es él…», «El elegido ya ha llegado», «No me lo puedo creer»…

La mujer de pelo azul y el anciano con barba blanca intercambiaron una mirada de curiosidad.

– ¿Cuándo has visto a esta mujer?

– No lo sé… – se sintió un poco idiota pero acabó por añadir – me da la impresión de haberla visto en sueños.

La sala volvió a llenarse de murmullos y Andrés empezó a sentirse un poco más incómo de lo normal.

– ¿Quién eres? – preguntó el obeso.

– Andrés Rodrigo – contestó el chico.

 – Eso es cómo te llamas. ¿Quién eres?

Frunció un poco el ceño, no sabiendo muy bien qué contestar.

– Soy hijo de Antonio y…

– Éso es quiénes son tus padres.

– Me gusta jugar a baloncesto, leer, escuchar música, salir de fies…

– Éso es qué te gusta hacer.

Una gota de sudor frío comenzó a correr por su espalda y los murmullos se fueron apagando, las caras de tensión de sus interlocutores calmando.

– Estoy estudiando ciencias medioambientales…

Merlín negó con la cabeza y Andrés no supo qué más decir. ¿Quién era él? ¿Qué podría encontrar que lo definiera?

– Soy un ser humano.

– Éso es qué eres.

Sin respuestas. A Andrés ya no se le ocurría nada más, ¿quién era? ¿quién era?

– No sé quién soy, no hay nada que me defina. Soy la suma de muchas cos…

– No eres quien creíamos que eras. Quien buscamos sabe quién es. No eres el elegido – por primera vez la mujer abrió la boca y soltó la frase en un tono ácido y cortante.

Devolvieron a Andrés a su sitio, donde lo habían cogido, junto al resto de los comunes humanos, que todo querían saber, pero que nada sabían. Con este último habían estado cerca, muy cerca… Fueron precavidos y situaron a Andrés con sus amigos, donde había estado instantes antes. Le dejaron en el sitio unos segundos antes de que lo cogieran, los humanos eran un poco lentos y a veces tardaban en saber dónde estaban.

– No me ha gustado mucho el partido, el árbitro ha sido un hijo de puta.

– Siempre son unos hijos de puta. Favoreciendo a los de fuera.

Y Andrés tuvo esa sensación, esa sensación que todos hemos experimentado alguna vez, de que ya había vivido aquello.

La caja de madera

«Soy el mendigo que sólo acepta sueños»

Decía el cartel por el que pasaron Julia y su madre. Había un hombre tirado en la esquina de la calle Mayor con la calle de las Mercedes. La gente pasaba a su lado sin percatarse de su presencia, sin fijarse en esos risueños ojos y esas largas y oscuras barbas teñidas con algunas canas blancas.  

– Yo le quiero dejar un sueño – dijo la niña tirando de la mano de su madre.

La mujer se giró aturdida no sabiendo muy bien a qué se refería la pequeña; hasta que advirtió la presencia de aquel sucio mendigo.

– Sueños – bufó – venga cariño, que vamos a llegar tarde donde el abuelo y tenemos prisa – caminó más rápido mientras murmuraba algo sobre pederastas.

Julia se giró y miró al mendigo mientras su madre tiraba de ella. Le regaló una sonrisa. El hombre parpadeó un par de veces y sacó de su manto algo que la niña no pudo ver, su madre la apremiaba y giraron la esquina a la calle de las Mercedes.

La casa de sus abuelos olía a madera, antes solía oler a pasteles, pero desde que su abuelo vivía solo, el dulce olor había desaparecido y sólo la familiaridad de la madera persistía. Solía pasearse por el largo pasillo, rozando con sus pequeñas manos las paredes, hasta que llegaba a un marco, una majestuosa puerta de madera. Respiraba profundamente, haciendo que su eterno recorrido por el pasillo se hiciera más largo. Quería preguntarle algo a su abuelo, pero le daba vergüenza, y quizá miedo. ¿Y si le decía que no?

– Abuelo… ¿quieres ir a dar un paseo?

El anciano estaba fregando los vasos que su nieta y él habían utilizado para merendar roscos y leche. Se había quedado viudo hacía un par de años y su hija insistía en que la compañía de la pequeña Julia le iba a venir bien, pero era su mujer, y no él quien tenía la paciencia de estar con la niña. Julia tenía los mismos ojos que tuvo su abuela, azules y pequeños, pero vivos. Le encantaba saber y aprender.

– Hace mucho viento – contestó el buen hombre – ¿seguro que quieres ir a pasear?

– Sí – la niña afirmó con energía – quiero darle un sueño a un mendigo.

Teodoro sonrió, pensando en la imaginación que podía llegar a tener aquella niña.

– Pues espera que me pongo el sombrero, cojo el bastón y vamos. Vete a ponerte la chaqueta, está en el cuarto de invitados.

Julia salió de la cocina y se puso la chaqueta y la bufanda que se había regalado su madre por Navidad. Su abuelo estaba en su cuarto atándose los zapatos, despacio, lentamente y con mucho cuidado. Todo lo hacía así, siempre había sido un hombre muy cuidadoso.

– ¡Vamos! Que quizá para cuando lleguemos ya se ha ido – apremió su nieta.

Teodoro sonrió y cogió su bastón y las llaves que estaban en el pequeño mueble de la entrada. Salieron a la calle y el viento les azotó la cara con fuerza, Julia le dió la mano a su abuelo y lo guió por las calles de la ciudad hacia la calle Mayor y la calle de las Mercedes.

– Cuéntame qué es eso de que le quieres dar un sueño a un mendigo.

– Pues iba con ama hacia tu casa y había un señor sentado en el suelo, que en vez de dinero, pedía sueños. Y yo dinero, sabes que no tengo, pero sueños, tengo un montón, así que he pensado regalarle uno. ¿Quieres darle tú uno también?

– ¿Dónde estaba el mendigo?

– Al lado de la calle Mayor.

Otra ráfaga de viento arremetió con fuerza contra Teodoro y Julia. La calle estaba vacía, un pequeño puñado de personas paseaba rápidamente o se metía en los comercios refugiándose del vendaval. La pequeña apretó la mano de su abuelo y siguió de frente hasta que pudieron ver a unos metros de distancia un hombre sentado en el suelo, quieto, como si nada estuviese molestándolo. Julia se acercó dando pequeños saltos, mientras Teodoro quedaba atrás, no sabiendo muy bien qué pensar de la situación.

– Yo tengo un sueño – dijo la niña al acercarse al mendigo.

El hombre levantó la cabeza, y muy, muy despacio sonrió.

– ¿Cómo te llamas? – su voz era profunda, áspera, como si llevara mucho tiempo sin utilizarla.

– Julia, y éste es mi abuelo, que ha venido conmigo.

Teodoro se posicionó junto a su nieta y miró al joven hombre intrigado.

– ¿Es usted un mendigo?

– Ya ve que sí – sonrió aún más – y son mis primeros clientes en esta ciudad. ¿Así que tienes un sueño para mí?

Aquel mendigo, con mucha delicadeza sacó una pequeña cajita de madera de su manto. Redonda, tallada con distintas formas y adornos.

– Tienes que susurrarle tu sueño a la caja.

– ¿No te lo tengo que decir a ti? – Julia abrió mucho los ojos, sorprendida.

– No.

Julia miró desafiante la pequeña cajita de madera que el mendigo le tendía. Y la cogió entre sus pequeñas manos. ¿Aquella cosa iba a tener que guardar su mayor deseo? La abrió con cuidado, temiendo que se cayera y algún tipo de mágico líquido manchara su bufanda. Pero estaba vacía. Teodoro y el mendigo la miraban. Julia se acercó la cajita de madera a la boca y susurró en pocas palabras su sueño.

A un metro de distancia el abuelo miraba al mendigo de reojo.

– ¿Para qué quiere usted sueños?

– Para sobrevivir.

– Pero… – el hombre se apoyó en su bastón y se pasó la mano por el rostro no sabiendo muy bien qué era todo aquello.

– No necesito dinero para mantenerme vivo, yo lo que quiero saber es que la gente sigue soñando y al parecer, en esta ciudad la única que lo sigue haciendo es su nieta.

Julia cerró la caja y se la tendió al mendigo.

– ¿Tú no quieres probar abuelo?

Teodoro negó, su sueño era inalcanzable, no merecía la pena ni susurrárselo a una vieja caja de madera.

– Venga buen hombre, no pierde nada por mantener el sueño vivo.

Teodoro cogió la caja y la miró durante un buen rato, aquello era tan sumamente ridículo. Pero Julia estaba allí, mirándole, con sus pequeños y vivos ojos azules. ¿Qué le costaba abrirle el corazón a la nada? ¿Quién lo iba a oír?

– ¿Qué vas a hacer con mi sueño? – le preguntó Julia al mendigo.

– Con tu permiso, quiero regalárselo a alguna niña que no tenga ninguno.

– ¿Y si no le gusta?

– Si a ti te gusta, a ella también le gustará – el joven hombre sonrió, iluminando más su cara.

– ¿Y por qué recolectas sueños? – Julia se sentó en el suelo, frente al mendigo. El viento hacía un rato que había parado y su abuelo estaba a dos metros escasos susurrándole a aquella cajita de madera una infinidad de palabras.

– Porque quiero saber que la gente sigue soñando, que sus corazones siguen latiendo por deseos, sueños y ganas de vivir. Necesito saber que siguen sintiendo, que no se han convertido en simples seres pasivos, quiero que me digan que viven, que sobreviven, que necesitan que yo haga mi trabajo para que todo siga siendo como lo era entones. Mi deseo es saber que todos aman y luchan por lo que quieren, porque lo ansían de verdad, que desistir es muy fácil, pero darle la cara al amanecer es mejor.

Julia no entendió las doradas palabras que brotaron de la boca de aquel mendigo a quien nunca volvió a ver. Años más tarde repitiéndoselas antes de dormir consiguió formarlas y aplicarlas a su vida. A veces, cuando gira la esquina de la calle Mayor y la calle de las Mercedes, mira hacia atrás porque cree ver una pequeña caja de madera en la esquina. Pero cuando parpadea nunca hay nadie, nunca hay nada.

Pero… ¿qué le costaba abrirle el corazón a la nada? Ella sabía que había susurrado un sueño en una extraordinaria cajita de madera, y quizá algún día se encontrara con la magia que de ella salió y le empapó el alma.

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Sólo es para recordarme a mí misma, que la vida merece ser vivida, y que cuando estoy un poco desesperada, triste o no puedo más… ver otro amanecer merece la pena. No matter what, no matter who. Sólo tengo que darle un brochazo de magia para que todo vuelva a girar.

Aquí hay tomate, Sexo en Nueva York, Mujeres Desesperadas…

– ¿Qué haces?

– Ver porno. ¿Y tú?

– Pensando en ti – Natalia mira la pantalla negra del salón, no hay ninguna imagen – la televisión no está encendida.

– Sí que lo está.

– Raúl… la tele lleva rota varios días, que llevo sin ver Aquí hay tomate desde hace siglos. Así que no puedes estar viéndola. ¿Qué haces?

– Ya te lo he dicho: veo porno.

Ella se sentó a su lado.

– Pues me siento contigo a verlo.

– No sabía que te gustara – comenta Raúl.

– Ni yo que tú pudieras ver la tele cuando está apagada.

– No veo la tele, veo porno, que no es cualquier mierda como Aquí hay tomate que ves tú todos los días sin falta.

Natalia hace como que no ha oído lo último y sigue como si nada.

– ¿Y qué está pasando ahora?

– Ella le está masturbando, ¿no lo ves?

– Yo sólo veo nuestro reflejo.

Raúl se ríe.

– ¿Qué pasa?

– Nada, que estoy pensando que tú nunca harías esa postura.

– ¡No soy ninguna frígida! – salta Natalia a la defensiva.

– Me duele la cabeza, quiero ver la tele un ratito, estoy cansada, tengo que hacer la cena – se mofa Raúl imitando la voz de la chica – la hora de la merienda no me gusta que echan los cotilleos, hoy no estoy de humor, quiero ver Sexo en Nueva York

– ¡Pero no mientas! – se levanta del sofá mosqueada.

– Ya… – el desvía su mirada de la pantalla – ¿hace cuánto que no hacemos el amor?

Ella se rasca la barbilla y frunce el ceño.

– No sé… esta semana he tenido mucho trabajo y casi no he pasado por casa.

– Ya, y la anterior te tragaste todos los días varios capítulos de Mujeres Desesperadas y claaaaro, luego te metías a la cama cansada. ¡Hace 9 días que no lo hacemos!

– ¡PERO NO MIENTAS! – grita ella.

Raúl no contesta y gira su atención hacia el porno. Natalia sale disparada hacia la cocina y su novio la oye murmurar, bufar y refunfuñar.

– Por favor, haz que funcione, haz que funcione… – suplica Raúl mirando al techo, hablando con nadie en particular.

Pocos segundos después aparece una Natalia furiosa en la puerta del salón.

– Vamos a echar un polvo y ya veremos a quién llamas frígida, coño.

Raúl la miro haciéndose el desconcertado.

– ¡A LA CAMA, YA!

– Que guapa te pones cuando te enfadas – dice Raúl divertido dándole un pico.

– Por cierto… cuando acabemos aquí, vuelves a conectar lo que sea que hayas desconectado de la tele – comenta Natalia quitándole la camisa.

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La consecuencia de las palabras

– Las palabras no significan nada, no son importantes, lo que importa son tus actos y la coherencia de éstos con tus palabras.

La gente en el bar le miró, el camarero suspiró y le puso una caña al último cliente que acababa de entrar y la pareja más cercana al viejo se alejó un poco.

– ¿No me creéis? – repetía el anciano como cada noche, todos los días de la semana, contando las historias de su vida que nadie se creía, que todos daban por locuras de la edad – Os contaré la historia de cuando fui a Angola…

– Hombre ésta es nueva – dijo la camarera divertida dándole un codazo a su compañero.

– Me he enfrentado a todo tipo de criaturas marinas e inhumanas… pero aquella vez fue más increíble que las anteriores – el anciano arrastraba las palabras ya adormecido por todo el alcohol que había tomado – Yo era periodista y fui a cubrir un reportaje, tendría unos 30 años y estaba en la flor de la vida – le guiñó un ojo a la camarera que sonrió – El periódico quería un artículo sobre unas antiguas tumbas que habían sido encontradas hacía un par de años y en las que se veían las costumbres de los primeros primates inteligentes.

Tomó un largo trago de vino y se pasó la lengua por los labios mirando a su público que no sabía si tomarle por loco o por sabio.

– Pero encontramos más de lo que se puede escribir, no había palabras para expresar lo que nuestros corazones sintieron a 100 metros bajo tierra y ningún tipo de acceso al exterior que no fuera el viejo ascensor que parecía más un andamio que otra cosa.

Se quedó un momento en silencio sabiendo que ya tenía a todo el bar a sus pies, queriendo oír el resto de la historia.

– Recorriendo los senderos del subterráneo llegamos a un lugar en el que encontramos alrededor de unos 10 huevos enormes, blancos y brillantes. Nuestro guía insistió en que saliéramos pero nosotros quisimos quedarnos y tomar alguno para poder analirzarlo. Grave error. Supongo que no me creeréis, pero en aquel momento noté algo, un fuego interior que me impulsó a quedarme allí, a dormir en aquel subterráneo. Intuía que una historia esperaba ser contada, y que era yo el que tenía que hacerlo. Claro, no tenía ni idea de lo que aquello acarrearía, pero era un joven aventurero y sólo deseaba vivir el día a día sin tener que arrepentirme años más tarde de no haber hecho nada, de no haber disfrutado. Deseaba vivir según mi corazón quisiera y no según otros quisieran que yo viviera mi vida. Y así fue como acabé con el fotógrafo durmiendo apoyados en una húmeda pared frente a los dos huevos que los científicos habían dejado.

La joven se alejó de su novio y se sentó más cerca del anciano.

– ¿Qué había en esos huevos?

El viejo sonrió.

– Dragones.

– Ya… – dijo escéptica una señora que estaba tomando un café mientras leía el periódico que había dejado de lado escuchando la historia del anciano – y yo en mi casa cultivo duendes – se rió de su propio chiste.

– Os avisé de que no me creeríais. Pero aquella noche lo que eclosionó fueron dragones.

– ¿Y qué pasó con los que se habían llevado los científicos? – preguntó la joven.

– Desapareció todo el mundo, no se supo nada más de nadie, ni de los huevos.

Se acabó su vaso de vino y fue a pagar a Mireia.

– ¿Pero cómo acaba la historia? – preguntó el novio de la joven.

– Las palabras no significan nada, no son importantes, lo que marca son tus actos y la consecuencia de éstos con tus palabras – repitió el anciano aceptando la vuelta de la camarera y poniéndose el sombrero.

– ¿Y qué nos dice con eso? – preguntó la mujer del café.

– Que no importa lo que yo os haya dicho, si no lo que vayas a hacer con la infomación que os he dado y si me creéis. Buenas noches – se levantó el sombrero a modo de despedida y marchó de aquel bar dejando en el aire un olor a magia y a aventura.

La joven soñó con que al girar la esquina el anciano se montaría en su dragón y surcaría los cielos.

La señora del café pensó en lo gilipollas que era aquel borracho.

El cliente de la mesa del fondo se levantó después de acabarse la caña para seguir al viejo periodista y poder averiguar si aquello era verdad y aprovecharse de lo que sabía, quizá consiguiera sacar tajada de aquello.

Y Mireia supo que volvería la noche siguiente con otra historia nueva sobre sus aventuras siendo periodista y que pediría vino para acompañar.

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Y este cuento te lo dedico a ti, que te echo de menos…  y que representas a mi anciano periodista y filósofo.

Historia de un asesino

– Quiero que mi vida sea de ésas que se inmortalizan en un libro – dijo.

No le veía el rostro, tapado en la oscuridad, quizá queriendo intimidarme más. Veía su vieja camisa de color marrón y sus manos posadas sobre la mesa de madera, con aquellas impecables uñas. No parecían manos de asesino, pero aquel hombre me ponía nervioso. Saqué otro cigarrillo de mi chaqueta y lo encendí con una cerilla, aspiré el humo intentando tranquilizarme.

– Dígame su nombre – repetí por enésima vez.

El asesino seguía en silencio.

– Entonces sólo podremos llamarle Jack.

– Jack, el destripador, si es tan amable. No responderé a otro nombre que no sea ése – se acercó a la mesa alejándose de las sombras pero sólo pude verle la barbilla – le contaré lo que yo considere oportuno, cuando lo considere oportuno y me gustaría que dejara de fumar.

Marqué la mandíbula y le di una última calada al cigarrillo apagándolo en el suelo.

– Le voy a hacer una serie de preguntas, para saber si es realmente quien dice ser… – comencé – ¿qué día envió la carta al señor Lusk en la que afirmaba haberse comido el riñón de una de sus víctimas?

Rió ante lo absurdo de la pregunta. Seguramente lo sería, pero habíamos atrapado ya a tres falsos asesinos y yo tenía una corazonada con aquel Jack, sabía que era él, pero para poder interrogarle con mis preguntas, primero tenía que superar las que habíamos decidido hacer a todos los posibles destripadores y cuando fallaran en las respuestas, ir eliminándolos.

– La envié el 15 de octubre.

– ¿Cuántas mujeres ha matado hasta ahora?

– Eso mi querido señor, es algo que usted debería saber.

– Tenemos constancia de Mary Ann Nichols, Annie Chapman, Elizabeth Stride y Catherine Eddowes.

Jack el destripador se acercó un poco más, balanceándose en su silla, alejándose de la sombra que tapaba su rostro y sonrió. Pude ver aquella nariz, aguileña, fina, casi sofisticada. Deseé poder sacarme otro cigarrillo.

– ¿En qué trabaja usted?

– Soy médico.

– ¿Y con qué suele atraer a sus víctimas?

– Atraigo a la putas con comida, como si fueran ratas. Dan asco.

– ¿Pero con qué comida?

– Uvas.

Las puñeteras uvas eran de las únicas pistas que teníamos de que el asesino era de clase media-alta, eran muy caras y conseguirlas no era fácil. Por el momento aquel hombre iba acertando todo. Tenía que ser él, él debía de ser el asesino en serie. Por fin le habíamos atrapado. Sólo quedaba una prueba, la definitiva. El forense había dictaminado que el asesino mataba a sus víctimas cortándoles la garganta de izquierda a derecha, por lo que era diestro.

– ¿Podría usted firmar aquí?

Le tendí una hoja de papel con una pluma. Y en ese preciso instante llamaron a la puerta.

– Señor, siento interrumpirle, pero hemos encontrado otro cadáver – me giré rápidamente hacia el joven agente – otra prostituta: Mary Jane Kelly.

– Joder – mascullé.

Miré al asesino protegido por la oscuridad, pude oírle sonreír.

– Vaya a inspeccionar la zona, saque fotos y tráigame un informe – ordené y girándome al acusado inquirí – ¿Por qué mata? ¿Le produce algún placer?

– Ya se lo dije, quiero que mi vida sea inmortalizada en un libro.

– Firme y devuélvame la hoja – gruñí.

Fue entonces cuando descubrí con espanto cómo agarraba la pluma con su mano izquierda, era zurdo.

Jack el destripador seguía suelto.

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El capricho

La belleza era su mayor bendición, pero también su maldición.

Nunca he sido una gran fan de coches, pero alrededor de los 18 años, cuando la vi por primera vez, todo cambió. Me sentí arrastrada por la velocidad, la sensación de poder, de infinito y sobretodo por estar rompiendo barreras.

La vi en la calle, aparcada delante de uno de los hoteles de la marca Hilton. Y supe que tenía que ser mío, ése o cualquiera. Por aquel entonces no sabía nada sobre coches, así que tardé en averiguar que el nombre de aquella preciosidad era BMW M6. Era dorada y tenía que ser mía. Iba a ser mía. Costaba demasiado como para comprarlo con la mierda de trabajo que tenía y me obsesioné tanto con ella que sólo me quedaba una opción: robarla.

No tendría por qué ser dorada, sólo quería ese modelo, luego ya le daría yo mi toque de varita. Lié a mi mejor amigo para que me ayudara y nos pusimos manos a la obra. Yo era una hacker de puta madre y conseguí hacerme con la dirección de alguien que vivía en la ciudad vecina con mi futuro coche. Él trabajaba en el negocio familiar de mecánico de coches. Recuerdo despertarme todos los días a las 5 para ir a correr antes de ir a la universidad, después del trabajo me pasaba horas perfeccionando el plan. Sólo era un coche, pero era mi vida, lo necesitaba. No sabía exactamente por qué, pero sabía que aquella maravilla me traería la tan deseada estabilidad.

Fue un viernes a la noche, Martín y yo nos las habíamos ingeniado para entrar a modo de camareros para la fiesta que daba el dueño del M6. Estábamos dentro, pero nos hacía falta llegar al garage, hacer que ninguna alarma saltara y salir de la gran casa sin ser vistos. Todas las películas de robos, atracos y locuras del estilo pasaban por mi mente.

Ahora lo recuerdo todo como si hubiera pasado en unos segundos pero en su momento cada respiro se me hacía eterno. Llegar, ponernos los uniformes, ir de la cocina al hall donde todos los invitados hablaban, comían y bebían. En los diez minutos de descanso Martín y yo desaparecimos rápidamente para ir a inspeccionar la seguridad por la zona del garage. Sólo un guarda fumándose un pitillo. Martín era un palillo y yo era una mala leche que levantaba a la mano a la mínima pero de ahí a dejar cao a un guarda, había un trecho.

– ¿Tú no hiciste kárate? – le pregunto a Martín.

– Sí, hace diez años – contesta en un susurro.

– Pues haz algo.

– Atacamos los dos a la vez…

– ¡Espera, espera! – puse la mano para que no se precipitara a atacar al guardia – voy yo, le distraigo preguntándole algo y luego vas tú y lo dejas frito.

Hizo una mueca pero asintió. Me había puesto unas lentillas verdes para disimular el marrón de mis ojos y me había rizado el pelo. Todo iba sobre ruedas, tenía que ir, debía ir… estaba tan cerca de mi M6… Tres minutos después Martín y yo entramos al garage. Si no me caí para atrás fue porque me estaba apoyada en la pared. La luz no estaba dada, pero una colección de alrededor de 20 coches era lo que ocupaba el garage.

– Vaya hijo de puta… seguro que le quitamos el M6 y ni se da cuenta.

– Esto para él seguro que es calderilla ¿en qué trabajará?

No dijimos nada, sólo nos paseamos por entre los coches acariciándolos, hasta que llegué a mi amado BMW, era rojo y por un momento creí que me sonreía. Parecía el coche más imponente de todos, luciéndose sobre una pequeña plataforma y rodeado por girnaldas de colores.

– Es perfecta – susurré.

– Han pasado ya casi 20 minutos, dentro de poco comenzarán a buscarnos – dijo Martín sacándome de mi ensimismamiento.

Busqué mi móvil con el cual iluminar el garage.

– ¿Por qué crees que el M6 lo tiene más apartado? – inquirió él.

– Porque la belleza de su coche es una maldición para el dueño. Mira, ahora mismo está a punto de cambiar de manos – le saqué la lengua.

El muy idiota del dueño tenía una cajita en el lado izquierdo del garage donde colgaban las llaves de todos los coches. Martín cogió las del BMW y yo hice los honores.

– Date prisa tía.

Pero me tomé mi tiempo, queriendo disfrutar de absolutamente todos los detalles de mi primera vez. Abrí la puerta y deslicé mi mano por el volante, acariciando el interior, tan duro y terso, cerré los ojos y respiré el olor de mi coche, por fin, mi coche.

Martín se subió a mi lado y dio un portazo.

– O nos vamos ya o nos mandan a la cárcel.

Noté cómo el motor rugía como si estubiera ansioso por ser liberado y apreté el acelerador. Cierto, cierto, puede que parezca una locura, que con todos los coches que había allí y lo poco acostumbrada que estaba a conducir esas maravillas me tendría que haber estrellado contra alguno pero, se ve que ese día la suerte estaba de mi parte.

Entonces llegaba la parte gorda del plan. Cómo salir de la mansión. Seguramente ya estarían buscándonos así que tenía que ser rápido. Evidentemente habíamos planeado todo, pero cuando llegamos a la salida y vimos al guardia de seguridad en su puesto y no dormido como solía estar, se nos cayó el mundo encima. Di marcha atrás y Martín comenzó a tener un ataque de pánico.

– ¿Quieres dejar de respirar así? ¡TENGO QUE TRANQUILIZARME! – grité fuera de mí.

En una película habrían saltado por encima de la valla y sonreído regodeándose por ser tan gilipollas. Pero en la vida real, si hacía eso jodería mi pequeña maravilla, así que tenía que pensar en otra cosa.

Fue a Martín a quien se le ocurrió, una idea de lo más tonta: salir de allí bajo el pretexto de que a él le estaba dando un ataque, y que el dueño de la casa nos había dejado el coche porque así llegaríamos antes al hospital para salvar su vida.

Y la estupidez funcionó, me sentí un poco mal haciendo que aquel pobre hombre se pusiera tan nervioso al ver la pálida cara de Martín, pero salimos.

Libertad… bajé la ventanilla para poder respirar y acaricié mi coche. Fuimos directos al taller de Martín donde le cambiaron la matrícula y ordené que lo pintaran de dorado… y durante años fue lo único que hice, ir en coche, pasearme en coche, ligar con/en el coche. ¡Mi adorada BMW M6!

Lo peor de todo es que últimamente estoy encaprichada con un Mercedes slk 200…

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La leyenda perdida

El hombre de negro huía a través del desierto y el pistolero iba en pos de él.

Eran tiempos en los que en Norteamérica se iban creando las ciudades, sí, sí esas que hemos visto en las películas y que nos hacen gracia, porque la ciudad era una calle que tenía un bar, un hotel y un barbero. Luego había casas esparcidas por los alrededores, pero eso ya eran las afueras…

Esta historia transcurre en estos tiempos y todo comenzó una noche en la que desembarcó el hombre de negro que nunca dijo su nombre, al que nunca se le vio el rostro, y que siempre iba con una capa. Al final acabaron llamándole la Sombra. Nadie sabía de dónde era y eso lo hacía muy misterioso, se decía que era un asesino del antigua mundo y que no tenía piedad con nadie. Los padres y maridos prohibieron salir a sus mujeres de casa después del atardecer por miedo a que desaparecieran.

Por aquella época el honor era lo más imporante y los hombres se batían en duelo por conservarlo. Y por consiguiente la mitad acababan muertos.

Fue la Sombra quien una vez habiendo ofendido a un hombre no quiso batirse en duelo con él a pesar de su reputación.

– ¿Y usted caballero por qué razón me niega a mí el derecho de recuperar mi honor?

– Con el derecho de una persona libre – contestó la Sombra.

El ofendido era el mejor pistolero de la ciudad y queriendo vengarse, intentaba pillar desprevenido a la Sombra siempre que podía, pero el hombre de negro nunca aceptaba sus duelos al amanecer.

Una noche la Sombra se despertó con el ruido de las botas del pistolero.

– Vístase y coja su arma – el intruso le apuntaba con su pistola y el hombre de negro supo que no dudaría en disparar si se negaba a enfrentarse a él.

Y así terminaron corriendo por el desierto. Nunca nadie supo cómo acabaron allí, pero el pistolero estaba decidido en recuperar su honor, y la Sombra en no hacerse encontrar.

Por desgracia para el hombre de negro, el pistolero le alcanzó y tirándolo al suelo y poniéndole su bota en el cuello le apuntó con la pistola.

Y fue la primera vez que vio su rostro, tan fino y delicado, una ráfaga de viento suñero hizo que la capa de la Sombra cayera y una larga melena negra bailara con la brisa.

– ¡Es una mujer!

La Sombra intentó levantarse, pero el pistolero apretó más su bota contra su cuerpo.

– ¡Es una mujer! – repitió.

– ¿Y por eso no va a matarme?

El pistolero la miró no sabiendo muy bien qué hacer, jamás en la historia de la ciudad nada parecido había ocurrido. ¿Cómo actuar si el contrincante era una mujer?

Aprovechando el descuido del hombre, la Sombra se incorporó e intercambiaron posiciones.

– El viento llevará noticias de la mujer que derrotó al pistolero más famoso de la ciudad, los hombres comenzarán a respetar a las mujeres como iguales, y su muerte representará la ignorancia de los de su clase.

El pistolero alzó la cabeza, escondiendo el miedo detrás del orgullo y la arrogancia. La Sombra levantó el arma y disparó.

Pero ninguna noticia llegó a la ciudad, se dice que los gobernadores ocultaron la verdad, su tozudez provocó más matanzas que achacaron a duelos nocturnos, y la Sombra siguió siendo una leyenda desconocida con avidez de venganza.

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Secretos de familia

Nada más despertar se gira y lo descubre a su lado. Julián se levanta sonriente, mirando a su cuñado atado a la cama de pies y manos. Ya se le había olvidado que estaba allí.

– ¿Has dormido bien? – pregunta.

Alberto lo mira temeroso sin saber cuál será la siguiente reacción del dueño de la casa.

– ¿Estás dispuesto a estar calladito?

El cuñado de Julián asiente, lleva ya infinitas horas atado a la cama, tiene las muñecas y los tobillos entumedecidos y necesita beber agua. Está prisionero del hermano de su mujer, la situación es de lo más absurda. O al menos lo ha sido hasta que Julián ha sacado la pistola de un cajón de la cómoda.

Entonces Alberto se ha dado cuenta que no era ningún tipo de broma de la televisión. Julián estaba loco e iba en serio.

– Bueno Alberto, hablemos de asuntos serios y de por qué estás aquí…

La mordaza fuera y pedido el vaso de agua el prisionero mira a su cuñado asustadísimo.

– No tengo ni idea de a qué ha venido todo esto, pero si es por algo que he hecho lo siento, no fue a propósito.

Julián ríe secamente pero no contesta, mira a Alberto todavía con la sonrisa pintada en su cara.

– ¿En serio no tienes ni idea de por qué estás ahí? – Julián acaricia su arma tranquilamente.

– No – murmura Alberto.

– Ya… ¿y no recuerdas haber visto nada que no deberías saber? ¿No recuerdas haber entrado en mi casa hace tres semanas? ¿Y recuerdas a quién te encontraste?

Alberto traga saliva acumulada y se queda con los ojos como platos.

– Sí, sí… mi hermana y yo nos queremos mucho, y tú lo único que vas a hacer es estorbar, sobretodo ahora que lo sabes.

– ¿Qué? – alcanzó a decir Alberto.

Ni por un momento se le había pasado por la cabeza que eso pudiera ser posible, claro que su mujer pasaba tiempo con su hermano, pero nunca lo había pensado de aquella manera.

– Ya estoy harto de esperar, de estar celoso de ti… se acabó.

Se levanta y le quita el seguro a la pistola.

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Cazador cazado

Le temblaban las manos cuando tuvo que elegir. Sujetaba la pistola de manera insegura y me miraba de vez en cuando para ver si yo reaccionaba. Pero yo también había estado en su situación, también había tenido que elegir entre dos vidas, sin saber muy bien quién merecía morir.

Los dos nos habíamos infiltrado en un grupo de narcotraficantes y él se había hecho descubrir. Era su primera misión, el chaval no había matado nunca a nadie y ahora tendría que hacerlo, para salvar su vida. Yo también le estaba apuntando con un arma, pero era una simple formalidad, para que los dos otros que estaban en el suelo, pensaran que yo estaba de su lado, que estaba presionando a mi compañero para que matara a uno de ellos, o puede que a los dos.

– ¡Venga tío! ¿Eres un puto poli? ¿Un hijo de puta infiltrado? – Deborah había conseguido quitarse el pañuelo de la boca y no dejaba de insultar a su amante, quien la había traicionado – ¡ME DAS ASCO!

– Suelta el arma – dije yo esperando que disparara de una vez.

Pero no hacía nada, sólo miraba a Deborah y a Roberto con las manos temblorosas.

– ¡Hazlo! – gritó Roberto cuando consiguió él también liberarse de su mordaza.

Y fue entonces cuando se giró hacia mí con una amplia sonrisa en su rostro y con las manos firmes.

– ¿Qué haces?

– Lo que tú me enseñaste a hacer, matar por ideales: dinero, una chica y la droga.

– ¡Suelta el arma, chico! – no quería dispararle, no tenía más de 24 años, era muy joven – no quiero hacerte daño.

Deborah y Roberto sonreían y se desataban las manos y los pies el uno al otro, habían estado fingiendo, todo había sido un montaje… y entonces oí el disparo y todo se oscureció.

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De sueño en sueño

La fábrica de sueños cerró por vacaciones. El presidente quería descansar y al final del día cuando las sirenas perforaron los oídos de los trabajadores él sonrió contento pensando en lo que haría en su tiempo libre.

Iratxe separó sus labios de los de su novio y no quiso abrir los ojos intentando mantener ese momento mágico un poco más. Volvió a acercarse para sentir otro de esos besos una vez más, pero su novio había desaparecido. Se despertó sorprendida, agitada. ¿Y su sueño?

El vicepresidente de la fábrica de sueños subió las escaleras de dos en dos hasta llegar al despacho de su jefe.

– ¿ESTÁS LOCO? – gritó – ¿Y qué pasa con los sueños de la gente?

El presidente alzó los hombros, despreocupado.

– No pasa nada porque estén un tiempo sin soñar. Me merezco unas vacaciones después de 4 siglos de duro trabajo.

Jon cerró los ojos y volvió a mirar el examen que tenía delante. Se le había olvidado completamente todo lo que había estudiado. Además no encontraba el bolígrafo de negro que necesitaba. Cuando lo encontró empezó a leer las preguntas del examen esperando poder acordarse de algo, pero parecían estar en otro idioma. Se despertó sorprendido, agitado. ¡Menos mal que había sido un sueño!

– La fábrica de sueños no puede dejar de funcionar nunca – el vicepresidente estaba exasperado – ¡no entiendo cómo después de 400 años trabajando aquí no sepas lo básico! Que tú te vayas de vacaciones me parece estupendo, pero pon a alguien en tu puesto. ¡Contrata nuevos trabajadores! ¡La gente necesita sus sueños para vivir!

Nerea corría por el campo todo lo rápido que sus piernas le permitían mientras huía del león que parecía no porder despistar nunca. Se subió a un árbol y fue saltando de copa en copa hasta que cayó y aunque pudo agarrarse a una rama vio cómo el león se apresuraba. Siguió corriendo y de repente al tropezarse cayó por un precipiocio sin fondo, y mientras la oscuridad iba apoderándose de su alrededor vio al león observándola desde arriba. Se despertó sorprendida, agitada. ¡Sólo había sido un sueño!

El presidente de la fábrica de sueños refunfuñó.

– Pues te quedas tú al mando, volveré en 100 años, luego podremos nombrarte mi sucesor o si estoy de humor recuperaré mi empleo.

Cogió su sombrero y su bastón y saliendo de su despacho bailando cerró la puerta con el talón.

El vicepresidente se sentó en la mesa y comenzó a crear sueños mientras ordenaba a la secretaria que contratara a nuevos empleados.

El pequeño Adrián blandió su espada frente al dragón y la criatura echó a volar asustada por a la valentía del príncipe. Adrián cortó las malas hierbas que habían crecido alrededor del castillo de su amada y cuando se acercó la vio asomada sonriéndole. Subió todas las escaleras de la torre matándo malechores, ladrones y horribles troles. Entonces la cogió en brazos y saltó con ella por la ventana, donde un águila les recogió para llevarles a casa, sanos y salvos. Adrián se despertó eufórico y feliz. ¡Que pena que sólo fuera un sueño!

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Los espejos

La mirada que le devolvió el espejo no era la suya. Era distorsionada, como el resto de su cuerpo. Dio un salto hacia la derecha y rió, divertido por el efecto óptico de los espejos.

– ¡Delgado!

Volvió frente al primer espejo y sonrió frente a su imagen.

– Y ahora gordo.

– ¡Mira aquí! – le dijo su amigo que estaba frente a un espejo que les reflejaba como si sus cuerpos tuvieran la forma de una S.

Al otro lado del espejo, había un pequeño con su madre mirándolos, observando en silencio la escena.

– ¿Por qué los humanos son tan estúpidos, mamá? – preguntó.

La madre miró a su hijo con uno de sus tres ojos y alzó los hombros no sabiendo muy bien qué decir.

– No tienen un cerebro tan sofisticado como el nuestro…

– ¿Y entonces por qué ellos dominan el mundo y no nosotros?

La madre cogió al pequeño en brazos.

– Porque ellos son más, pero no te preocupes, ya llegará el día en el que sea nosotros quienes dominemos la tierra, y la salvemos de la destrucción que ellos están causando.

– ¿Seguro que los del zoo los tienen bien controlados?

– Ya te ha explicado tu padre una y mil veces que sí, ellos no saben que estamos aquí y piensan que son los reyes del planeta.

Los dos rieron acercándose un poco más al espejo que los separaba.

– ¿Y puedo matar a estos dos? – el pequeño extraterrestre sonrió esperanzado con un brillo de malicia en los ojos.

Ella dudó un momento y luego asintió.

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