Mi Erasmus en Córdoba

Antes de que acabara el Erasmus en Swansea ya sabíamos que pasaríamos la Noche Vieja juntos en algún lugar de Europa, aunque no fue hasta octubre que decidimos que sería en Córdoba. Uno de nosotros es cordobés y nos ofreció su casa de la sierra para pasar el fin de año allí. Volamos desde Berlín, Amsterdam, Bologna, Bilbao y un fallido intento de llegar en bus desde Burdeos. Y nos reunimos seis personas en una casa de campo en el monte.

No estaba nada emocionada. La verdad es que era incapaz de hacerme a la idea de que volvería a verlos otra vez. Y sobre todo en un sitio que no era Swansea. Yo llegué la primera y el cordobés vino a buscarme, fuimos a Carrefour a hacer compras (compramos más con los ojos que con la cabeza) y fuimos a buscar al resto que venían desde Madrid.

Yo fui la primera en verlos, galopé infantilmente hacia ellos gritando un agudo ‘hello’ y me lancé a brazos de la holandesa. Achuché muchísimo a Barbarita, mi amada argentina, un vivo reflejo de lo que debería de haber sido yo y nunca fui ni llegaré a ser, quizá por éso la quiero tanto, porque es como una madre, como una hermana y es de mis mejores amigas. Di besos a Chris y a Felix, los alemanes, no estaba acostumbrada a abrazar, después de todo es como se saluda aquí, con besos. Luego me sentí idiota.

Fui en el coche con Chris, los dos solos, el resto iban en el otro coche. Había tanto que decirse, y no dijimos nada. Hablamos de qué nos había pasado desde que nos habíamos despertado aquel día, no hablamos de verano, ni del comienzo del curso, ni de la universidad ni del futuro, nos quedamos estancados en aquel día, aquellas horas previas a volver a vernos.

No tuve esa loca necesidad de comerme a Barbarita a besos, y es raro porque soy de lo más pesada a cuanto a besos se refiere. Nos quedamos hablando de todo y de nada, recordando viejos tiempos hasta la una de la madrugada. Yo me desperté la primera al día siguiente y estuve dos horas leyendo a la espera de que alguien decidiera que ya era más que suficiente de dormir.

Era 31 de diciembre, último día del año, nos faltaba la francesita que se había quedado a medio camino entre Burdeos y Córdoba, sin poder llegar. Desayunamos muy tarde, casi como si fuera una comida tardía y fuimos a visitar Córdoba bajo la lluvia. En Bilbados no llovía, pero en Andalucía sí, así que gracioso es el destino. La holandesa y yo, con quien no me llevaba demasiado durante erasmus, hicimos muy buenas migas, nos sacamos mil millones de fotos y cotilleamos (o más bien comenzamos a hablar) sobre nuestras vidas. La suya es apasionante. Es como para hacer 300 largometrajes.

Y con Chris, quien había sido mi rollo en Swansea, que se había convertido en mi mejor amigo en Gales… la cosa no fue bien. Me preguntó por Herr, a ver si quería ir a verle. Apreté la mandíbula y me giré, marchándome de la habitación.

– No quiero hablar de éso.

– ¿Estás enfadada con él?

No. Estoy enfadada contigo por sacar el tema, gilipollas.

– No.

Me fui a la cocina y el tema Herr no se volvió a tocar hasta que yo no lo sacaba para comentar cosas que me había dicho o cosas que habíamos hecho. YO hablaba de Herr, nadie más tenía derecho a sacar la conversación. La relación con Chris a partir de ese momento fue a peor, me echó miradas de las que me solía echar antes de que nos liáramos, tanteando el terreno, me irrité muchísimo y me convertí en la pedazo de zorra que puedo ser: desagradable, borde, irónica, grosera, silenciosa y muy, muy coqueta con el resto de los hombres que pululean a mi alrededor. Chris y yo terminamos algo que nunca comenzó, yo me puse a salir con Herr y él con mi compañera de piso. La sola idea de volver a liarme con él era… era… desagradable. Le vi feo, y por mucho que intenté saber qué vi un día ese su rostro, fui incapaz de terminar lo que era.

El cordobés y yo nos hicimos muy amigos, fue incluso doloroso separarme de él cuando yo marché a Sevilla a por mi avión y él se marchó a Madrid a trabajar. No era algo sexual, era como si en cuatro días nos hubiéramos dicho todo lo que en un año no nos dijimos y nos hubiéramos forjado un gran e inquebrantable amistad. Pero qué sé yo, la vida es larga en cuanto a amistades, forever and ever no sé si existe cuando hay cientos de kilómetros que separan a las personas.

El año que viene se volverá a repetir, en otro punto de Europa, la reunión de un grupo de amigos que se conoció en Swansea en 2009 y 2010, hasta que tengamos dinero para viajar, o hasta que tengamos hijos y familia y sea imposible mantener esa costumbre.

La gran pareja de mi erasmus sigue exactamente igual que la dejé. Ella no ha cambiado nada, y con Felix es como si el tiempo no hubiera pasado y le hubiese visto un par de días antes, las mismas bromas y conversación infantiles y sin sentido. Felix y yo podríamos haber sido hermanos, habría sido brutal.

Ahora mismo estoy de exámenes, todo es muy inspirador (y no es ironía). Estudio literatura y miles de millones de posibles historian burbujean en mi mente, es inaguantable, porque sé que en el momento en el que coja papel y boli no voy a poder parar de escribir, así que me aguanto y no escribo. Si escribo no podría parar y tengo que estudiar. Todavía me queda otra semana se suplicio, no es que me haya olvidado de mi blog, es que no tengo tiempo para desarrollar las ideas que se me ocurren para publicarlas. Sigo viva, no os preocupéis, si es que sigue habiendo alguien ahí fuera a quien le importe lo que escribo…

Nunca la había oído hasta que sonó en Córdoba. Y me pareció preciosa, no puedo dejar de escucharla.

Comer cerezas

Ayer volví. Volví de verdad, para quedarme. No son vacaciones, mi erasmus ha terminado realmente. Y todas esas sonrisas de la gente… están tan fuera de lugar cuando dices que ya te quedas aquí todo el verano…

– ¿Ya no vuelves, no?

– Bueno en septiembre, a ver a Herr.

– Bah, pero éso no cuenta, te quedas aquí estudiando digo.

– Sí, sí…

Salí de fiesta al volver porque eran fiestas de San Juan y todo era tan igual… se repetían las mismas conversaciones que tenían lugar un año antes, las mismas bromas, sí parece que hay gente nueva en al grupo, pero éso es todo. La misma forma de beber, las mismas canciones, los rituales.

Fue duro irse, pero no tan duro como pensé. Mis mejores amigas son y han sido y serán Barbarita y Célinetxu. Barbara tuvo que irse a principios de junio, hacía muchísimo tiempo que no lloraba tanto, lloré al pensar que se iba, lloré al despedirme, lloré cuando me dijo ‘te amo’ con su acento argentino, lloré en la cama cuando pensé que no la volvería a ver al día siguiente y lloré cuando me hacía el desayuno. Estuve triste varios días y notaba su ausencia en todas las conversaciones.

Céline se marchó con el resto de las francesas, uno de los alemanes y el español. No lloré, sé que a Céline la veré antes de que acabe el verano, seguramente irá a vivir a Burdeos y éso son unas 4h de tren. Pan comido. Karlen llora cuando se despide de mí, después de todo, hemos vivido juntas todo el año, le tengo muchísimo cariño, pero Karlen es una de esas personas con las que no sería amiga si viviera aquí. Karlen llora mucho, en brazos de su alemán, que marcha el mismo día con ella.

Y sólo quedamos Olie, Felix y yo (también están Herr y su hermana pequeña que han venido de visita) pero nosotros tres somos de la vieja escuela. Felix y yo nos pasamos los últimos días haciendo los trucos de la nariz todo el rato, a todo el mundo. Todas la noches vamos a Bryn, acabamos en casa de Olie y Felix viendo pelis.

Me despido de ellos y no lloro. Cuando estoy en la cama abrazada a Herr me duermo llorando.

Y ya en el tren me pongo a llorar muchísimo, no lloro por Herr, porque no le veré en siete semanas, sino porque me pongo a recordar cuando llegué con madre. Y preguntamos cómo llegar a Aylesbury, por King Edwards Road, dijo un chico. Recuerdo la primera conversación con Karlen paseando por la playa, nos quedan ocho meses de erasmus, toda una vida. Recuerdo entrar en Bryn y Mor en invierno y quitarme el sombrero, la bufanda y el jersey y dejarlos en una esquina antes de pedir a Fosters, please. Darle muchísimos besos a Céline sólo porque se ha reído con su sonido cantarín. Perderme por Tree Cliff Bay con Céline y con Alessia, y yo tenía ganas de llorar porque también llovía, estaba empapada y llena de barro y sólo quería ducharme con agua caliente. Olie que siempre me mira sonriente y le hago una mueca y le pongo cara de asco, se acerca a mí y siempre dice, we don’t get along, do we? Cuando fuimos todos a casa de Luke en diciembre, antes de que se volviera aburrido porque se pasa el día encerrado en su cuarto con Giulia. Emborracharnos en JC’s que es más barato. Ir a Escocia de vacaciones y hablar, hablar y hablar con Chris en una discoteca en Glasgow. Lloro porque recuerdo reírme con Clem bajo el árbol en Singleton. Todas esas fiestas que hemos hecho en Westbury: los mil cumpleaños, Halloween, la fiesta de dibujos animados, la fiesta hawaiana, la de los sombreros raros, la de super héroes…

Antes de irme no podía pensar en ninguna buena razón por la cual podría estar contenta por volver a Bilbados. Sin mis nuevos mejores amigos, sin estar con ellos todo el rato, sin Bryn, sin mi novio, sin mi independencia… sólo se me ocurría que lo mejor de volver iba a ser comer cerezas.

Y por todas esas veces durante Six Nations, y otras diez mil veces a partir de ese día, nuestro grito de guerra

Erasmus life… todo lo bueno se acaba.

Swansea’s little things

Me gusta pasar mi mano por el romero de los vecinos cuando voy de camino a mi casa.

Me gusta el olor de las flores de la calle Marlborough Road.

Me gusta girarme cuando camino hacia Uplands, en la calle Rhyddings Park Road, porque se ve el mar y el horizonte.

Me gusta entrar a Brynymor cuando hacia frío y notar esa bocanada de calor mientras me quito la bufanda.

Me gusta ir a la barra y antes de abrir la boca que el camarero diga sonriente: You’re taking Fosters, right?

Me gusta que los días soleados, cuando se está poniendo el sol, entre por mi ventana y refleje una especie de arcoiris contra la pared por el reloj hecho de CD’s que me regalaron mis amigos antes de irme de Erasmus.

Me gusta ver películas en la cama cuando me despierto y sé que puedo baguear.

Me gusta descubrir nuevos rincones en Singleton Park.

Me gusta los colores que ofrece Gower.

Me gusta que para ir a la uni tenga que cruzar el parque. Aunque nieva y tenga que ir a dos por hora.

Me gusta ir andando por la calle y mirar hacia arriba y descubrir nuevas casas y edificios que nunca había visto.

Me gusta coger pequeñas conchas cuando voy paseando por la playa y luego traerlas a mi habitación y dejarlas junto a mis collares.

Me gusta quedar con las chicas, preparar la cena y hablar de sexo y chicos durante tres o cuatro horas.

Me gusta darle besos a Céline y achuchar la carita de Clem.

Me gusta llamar a Barbara Barbarita y sonría cada vez que lo hago.

Me gusta cuando Olie dice We don’t really get along, do we?

Me gusta ver Friends con Karlen a las ocho mientras cenamos.

Me gusta saludar a Shah por las mañanas y me de un abrazo.

Me gusta decir joder y todo el mundo lo repita con distintos acentos.

Me gusta mirar a Herr Aleman cuando estamos en la cama, abra un ojo y se gire y murmure ¡no me mires cuando estoy durmiendo!

Me gusta bailar en cualquier sitio, cualquier cosa, y más cuando alguien se pone a bailar conmigo.

Me gusta tomar al caminito de la izquierda cuando bajo a la uni, y subir por la calle normal por la derecha.

Me gusta imaginarme que aunque estoy en Swansea puedo estar en cualquier sitio en el mundo, porque se parece a todas las ciudades de U.K.

Y me gusta darme cuenta de todo lo que me gusta…

Cuando el norte y el sur se enamoraron

Es ridículo estar en esta situación, pero no vamos a darle más vueltas a ello. Dije que era absurdo comenzar una relación estando de erasmus y ahora estoy en medio de una.

Afortunadamente no soy la única, y mi amiga Barbara y yo estamos en la misma situación. Claro que ella lleva tres veces más que yo con su novio, pero los dos son alemanes. Y ninguna de las dos hablamos el idioma, ninguno de ellos habla castellano como nosotras. A las dos nos queda otro año de carrera antes de poder ser libres y hacer lo que nos da la gana y vivir donde sea. De hecho ella ahora vive en Italia, y cuando volví de Barcelona hablamos de irnos a vivir allí las dos juntas.

Ella ya sabe que cuando acabe el erasmus seguirá con su novio, yo no sé nada. Y Kukaa y yo tenemos una ley que no hay que quebrantar nunca: NO PREGUNTES. Nunca, nunca, nunca. Porque cuando preguntamos, es cuando nuestro príncipe azul se convierte en demonio y una relación que iba estupendamente, pasa a ser un horrible desastre porque nosotras queríamos ponerle una etiqueta. Las etiquetas, son una chorrada, lo sabemos, pero nos sentimos más seguras con ellas, será cosa de mujeres. Pero yo no quiero preguntarle por el presente, sino por el futuro. ¿Seguiremos? Yo, Miss Optimismo, lo veo negro. A ver, realismo: ya comete diez mil errores (que yo corrijo al momento) al hablar inglés, como para ponerse a hablar castellano. O yo alemán, con lo difícil que es… imposible. Si pregunto qué será de nosotros a finales de junio, y él contesta a la negativa, soy yo la que se va a amargar. Y no me quiero empezar a amargar desde ya. Él se va a quedar a vivir en Swansea hasta abril 2011, ni tan mal hasta entonces, podría ir a verle y él venir a Bilbados. ¿Y luego? ¿Cómo hago luego?

También le tengo pánico a la palabra boyfriend. Un pánico atroz. No he tenido una relación… ‘decente’ desde Querido Nadie, y éso nos lleva a… 2005-2007. Hace trescientos años. Y ahora estoy practicamente viviendo en casa de Herr Alemán. Sé que somos novios. De hecho fue él quien utilizó la palabra primero, cuando refiriéndose a mí dijo my girlfriend says… Ayer nos encontramos con una chica de mi clase que iba con un chico, yo iba con Herr. Nos damos dos besos, hace mucho que no nos vemos, ella no ha podido ir a clase por lo del volcán. Y de repente me dice:

– Ah, éste es mi novio, Lucca.

Le estrecho la mano. Pánico, pánico, diez mil sirenas suenan en mi cabeza, o quizá cuatro millones. Me bloqueé, patosamente, estúpidamente, patéticamente. Yo no puedo decir lo mismo de Herr. Él está a mi lado pero no quiero mirarle, así que farfullo una excusa:

– Lo siento, Giadda, me tengo que ir, vamos con prisa y llegamos tarde. Te veo el martes en clase, ¿de acuerdo?

Tengo el recuerdo difuso, me sentí mal, muy mal. Cuánto pánico por una simple palabra.

Está complicado ser más tonta que yo.

Las clases de guionismo

Mi primera clase de guionismo fue como un primera cita. Como salir de fiesta una noche cuando sabes que algo va a pasar. Pensé en la ropa que me iba a poner, en cómo sería la gente de mi clase, en si se les notaría en la cara, la forma de andar, o la de vestir, que querían ser guionistas. Quizá también hubiera gente que estaba allí para rellenar créditos. Pero… ¿quién querría hacer éso? ¿Y porqué?

Fue andando a la uni con la tripa revuelta, los puños bien cerrados y dando saltitos de vez en cuanto, estaba muy nerviosa. Nerviosa/emocionada, como si hubiera quedado con alguien muy, muy importante. Cuanto más me acercaba a la clase, más me obsesionaba en cómo sería el profesor. Iba a ser un hombre, seguro.  Pero, ¿qué cara tiene un guionista? Subí las escaleras de dos en dos, llegué a clase demasiado pronto. No había más que cinco o seis personas allí, y no quise preguntar si estaba en efecto estaba en la clase que me correspondía.

Y fue al sentarme, cuando me dejaron de latir los oídos cuando vi que delante de mí, en la mesa del profesor, había un señor con un caja de cartón llena de películas. Sobre la mesa había un enorme taco de papeles. Así que un guionista es así, pensé. No os penséis que no me daba cuenta de lo estúpido de la situación. Un guionista tiene mil caras, todas las caras del mundo pueden ser de guionistas, no hay una sóla cara, no somos Smith’s.

El hombre estaba de pie, buscando algo dentro de la caja de cartón, tiene el pelo un poco largo y muy, muy oscuro. Parece más italiano que inglés. Porque practicamente todos los profesores en Swansea son ingleses, o por lo menos mis profesores, no tengo ninguno que sea galés, ni escocés.

La cara de idiota que se me queda cuando el profesor mete los papeles en su caja de cartón junto con sus películas y sale de clase. Qué idiota soy. Obviamente ese profesor era el de la hora anterior. Pasan cinco minutos, me sudan las manos. Era mi primera clase de guionismo, más importante que una primera cita o que tu boda. Aquellas dos horas iban a decidir mi futuro. O por esas dos horas, yo iba a decidirlo.

Y entró el profesor, un hombre alto, delgado, de ojos azules y cara simpática. Muy inglés, very gentleman like. Entra sonriendo, se presenta y nos mira de uno a uno. Se acerca a mí.

– You are an exchange student, aren’t you?

Sonrío, asintiendo.

– Spain?

Vuelvo a asentir. (Mentalmente me paso las manos por la cara, para ver si tengo alguna marca que dice que nací en la península Ibérica, pero no, no la tengo).

– Are you sure you’d be able to get everything I say?

Por supuesto. ¿Por quién me toma?

– I’m just asking, because English is not your first language and you’d probably struggle writing a short.

– I’ll just use the dictionary.

Comienza la clase, hay que escribir un guión para comienzos de mayo, a finales de marzo hay que entregar un treatment, comentando los personajes, y las escenas que tendrá nuestro corto. Nos dice que improvisemos alguna historia, así a botepronto. Se me ocurren dos, pero no digo nada. Nadie dice nada. El profesor habla y nos da dos ideas, una comedia y una de misterio.

Salgo de clase casi dos horas más tarde llorando. Estoy temblando. Quiero gritarle al mundo que quiero ser guionista, que estoy temblando porque puede que no sepa escribir comentarios de texto, pueda que sea incapaz de establecer un orden claro en un texto crítico, o sea incapaz de recordar los nombres de los directores y productores. Pero manejo las conversaciones, y lo demás… ya lo aprenderé.

pd. No quiero presumir y creerme superior a nadie, pero fui la que mejor nota sacó en el treatment de mi clase. Y éso anima a tirar pa’lante. (Y obviamente usé el diccionario).

La odisea

Nunca ha sido un viaje fácil volver a Bilbados desde Swansea. Ir nunca fue gran problema, pero volver… es otro cantar. En teoría el viaje no es difícil. De la estación de trenes de Swansea se va a Londres, Paddington, de allí al aeropuerto correspondiente (Stansted o Heathrow) y directamente a Bilbo. El aeropuerto y mi casa están a unos quince minutos. Fácil y sencillo.

Pero la primera vez que volví fue cuando iba a pasar mi fin de semana con Kukaa en París. Pero mi abuela estaba muy enferma y cuando estaba en Cardiff esperando el bus al aeropuerto cambié de planes. De Cardiff volé a París y de allí a Bilbo. Salí de casa a las 10.00 y llegué a Bilbo a las 22.30, largo y tempestuoso viaje.

La segunda vez, en Navidad, antes de ir a Bilbo me quedaba unos días con mi compañera de piso en Londres. De Londres cogía un tren a Bruselas para visitar a Kukaa en su Erasmus. Dos horas de espera, quizá un poquillo más, porque había un problema en Lille. Y del aeropuerto de Bruselas a Bilbo, más de una hora de retraso por la nieve.

Pero éso no es nada, comparada con esta tercera vez, y claro, es que a la tercera va la vencida. Lo tenía que haber sabido porque cada vez que miraba mi boarding pass, la única frase que leía una y otra y otra vez era If you are late, we won’t wait. Pero ba, corazonadas yo tengo muchas, si escuchara a todo lo que me dicen mis presentimientos, no podría vivir una vida normal. Me pasé todo el día anterior teniendo miedo porque no iba a encontrar el bus de easyjet que era el más barato para llegar a Stansted. Miré en googleearth y lo encontré, después de mil millones de minutos. Felix y Herr Alemán se reían de mí. ¿Cómo no vas a encontrarlo? ¿Cómo? Gilipollas. Pues fue al lugar, la calle Marylbone. Y no había ninguna parada de bus. Así que pensé, rápido al metro de nuevo y coger dirección Victoria. Mi avión salía a las 17.15, media hora antes, cerraban las puertas. A las 15.15 cogí el autobús rumbo a Stansted, y llevaba ya casi dos horas correteando por Londres. Llegué al aeropuerto a las 17.05. He perdido mi vuelo. Le mandé un mensaje a la novia de Felix, que es una de mis mejores amigas. Me llamaron al de poco. Felix me pidió perdón por haberse reído de mí. Aunque luego me soltó un ja-ja antes de colgar. Gilipollas… ¬¬

En easyjet me dijeron que no me devolvían el dinero, ni que me lo rebajaban. Me había costado 30 euros, no era el fin del mundo pero jolín… estaba la opción esperar 24 horas y coger el vuelo de Bilbao, o coger el de Asturias, que salía de allí a las 07.50.

Asturias.

No tenía ninguna gana de quedarme encerrada en puta mierda de Inglaterra. Pasé la noche en los bancos, junto con otra gente, tirada sobre mi abrigo como almohada y mi jersey como manta. Kukaa, que estudia turismo y sabe, me miró los autobuses Oviedo-Bilbao. Y cuando llegué por fin a la Península Ibérica y corrí para coger el autobus dirección a Oviedo, no me importó en absoluto tener que esperar otras dos horas para coger un autobus maravilloso rumbo a Bilbao. Había azafata en el bus, y nos dieron bocadillos, bebida, caramelos, bombones de chocolate, cascos para ver la peli, pastitas y más bebida y más bombones.

Y luego llegué a Bilbo y dos amigas vinieron a buscarme.

Y pude ducharme al fin.

Y no me llama

Hacía mucho, muchísimo que no me pasaba ésto. De hecho que debía de tener unos 12 o 13 años la última vez que algo así ocurrió. Internet ha matado eso de ‘estar esperando junto al teléfono’. Ahora le das tu msn, tuenti o facebook y te pasas el día conectada, esperando que también se conecte. Ya has pensado en varias conversaciones divertidas que podéis tener, en comentarios inteligentes y en qué le vas a contar que te ha pasado hace poco y que ha sido tan curioso.

Pues no. El viernes me lié con un chico que no tiene Facebook. A ver, que yo entiendo que la gente no quiera publicar su vida en internet, y me parece estupendísimo y lo respeto. Pero por dios, por dios, ¿porqué iba alguien no querer tener facebook? Ya hablo de comodidad, de no tener que gastar dinero para quedar, de hablar mucho rato gratis (aquí pagas al mes y se incluye todo). Pero Herr Alemán va contra marea. Así que le pido el número, me lo da.

Y vuelvo a tener 13 años otra vez y a llevarme el móvil a todas partes. Dijo que llamaría, ¿Por qué no llama? ¿Por qué? ¿Por qué? Internet puede fallar, puedes pasarte el día fuera y no conectarte pero… el móvil… el móvil la gente lo lleva a todas partes. Así que alguien me diga PORQUÉ PORQUÉ PORQUÉ NO LLAMA.

pd. No llamó, pero le mandé un mensaje yo y quedamos 🙂