Harry Potter y sus fanfictions, el final de una era

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Y 24 años después, me publicaron

Técnicamente, empecé a escribir cuentos con seis. Y empecé a publicarlos en Internet con doce, y empecé a mandarlos a concursos con dieciseis, así que sería Y 8 años después, me publicaron.

But who’s couting?

Este año, año sabático donde los haya, más por obligación de crisis actual que por amor al arte, decidí dedicarme a sacarme el C1 de euskera (¡que ya he conseguido!) el B2 de francés, (cuyo examen tengo mañana) y a escribir. Crear historias, reescribir mierda y darle mejor forma y terminar de una vez la historia de Sue y los merodeadores que empecé cuando estaba en primero de carrera. Intenté escribir a diario, no siempre lo conseguí, pero hice más de lo que he hecho en mucho tiempo. Escribí para mí lo que quise y puede que no cuanto quise pero sí bastante.

Creé una historia sobre Ted Hughes, una historia sobre una madre que hace sombra sobre su hija, la historia de la ilusión de un sueño y un cortometraje sobre unos niños cantantes. Traduje mi mejor cuento a euskera, para intentar ser publicada de una puta vez. Y escribí la sinopsis de un largometraje y su tratamiento en menos de un mes.

Me prometí (y cumplí) mandar por lo menos un cuento al mes (aunque hay meses en los que han sido tres o cuatro) a concursos literarios. Y una vez, encontré un concurso que pedían un microcuento, uno cortito, de tema libre. Vi que tenía suficiente tiempo libre como para poder escribir una pequeña historia sobre una baile, un baile sobre lo que aparenta ser un agresor y un agredido, pero no son humanos, son fuego y son agua. Pero tampoco son materiales. Lo que estaba describiendo mediante un baile era cómo el fuego atrapó al agua y entonces se creó la tierra.

Y coló.

A alguien le gustó.

Y me publicaron.

Claro que el asunto tiene trampa, ya que emocionada por haber sido publicada por primera vez en mi vida pagué 11 euros para que me mandaran el libro a casa, así que en realidad pagué para que me publicaran. Pero no quiero hablar de cómo me han timado. Quiero hablar de que después de toda la vida esperando ver mi nombre escrito en algún lado como persona que puede escribir. Que no sólo dice saber escribir alguna bobada, sino que han publicado una bobada mía.

Guardaré ese libro con cariño, quizá incluso me lo firme a mí misma, para que mis hijos o mis nietos lo lean.

Pero, este año, que prometía ser el primer año que salía de la universidad y conseguía trabajo (¡ja!) se ha convertido en el año en el que di un paso más para poder conseguir publicar algo. Convertirme en la siguiente Neil Gaiman.

Por aspirar a poco.

Él y ella

La conoció una noche cuando los dos habían bebido para olvidar. Ella hacía poco que había decidido recuperar los trocitos de su corazón. Y él seguía teniendo el alma de cristal.

No fue cosa de miradas ni sensuales movimientos. Él la agarró, ella se giró y se besaron sin conocerse, desesperados por olvidar el dolor de la realidad. Bailaron sobre el olvido y sonrieron ante la simplicidad, acompañando la intensidad de los besos con caricias. Abriendo un poco su mente, lo justo para dejar que un haz de luz entrara.

Una semana más tarde, cuando ella luchaba por mantener su corazón de una pieza y él se debatía entre si arriesgarse y lanzarse al vacío merecía la pena o no, volvieron juntos a casa.

– ¿No te da miedo saber qué habrá detrás de la colina?

– El metro.

– ¿Y si viene un ladrón?

– Lo dudo.

– Yo le asustaría antes que tú.

Sonrió y la miró de reojo. Era una chica totalmente peculiar. Ahí estaba subiendo la cuesta en medio de un ballet sin música.

– No había conocido a nadie como tú.

Sonrió. Ella ya lo sabía.

– No eres como las demás, eres…

– Original.

– Rara diría yo.

Ella frunció el ceño y él sonrió.

– Eres rara y original, te doy las dos por buenas.

Se miraron y ella siguió bailando.

– Vamos a gritar.

Ella le cogió la mano y en vez de bajar la colina, y por miedo al posible ladrón, le llevó a la izquierda, hacia el mar.

– De vez en cuando hay que liberarse.

Él alzó una ceja.

– Tú primero.

– AAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAHHHHHHHHHHHHHHHH – ayulló ella a la noche.

– ¡¡¡AAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAHHHHHHHH!!! – la imitó él.

Ella se sentó en la fresca hierba y él a su lado. Se miraron a los ojos y se dieron la mano. Quizá el dolor de sus corazones se curara solo, quizá su alma de cristal fuera poco a poco recobrando fuerza, pero fuera como fuera, lo habían con ayuda del otro.

Un dubois

– Pasa princesa.
Lucas me indicó el camino. Vivía en las afueras de París, en una vieja casa que estaba medio destruida pero que en su época seguramente habría sido la envidia de muchos palacios. El dueño había destruido todo el interior y renovado haciendo apartamento pequeños. Pero eso había sido 50 años atrás y ahora todo volvía a parecer viejo y sabio a su manera.
– No es mucha cosa, pero me gusta, ahora por lo menos estoy solo, por mi cuenta, y mi casa es mi estudio – Lucas parecía estar excusándose por la cara de sorprendida que se me quedó cuando vi aquello.

Había dos habitaciones, una era el salón comedor con un ventanal enorme desde el que se podían ver otros pequeños palacios de las afueras como aquél. Había un sofá rojo frente a una chimenea que parecía llevar años apagada. Miles de pinceles y pinturas de colores decoraban el suelo de madera.

– Perdona el desorden – dijo empujando todos sus artilujios con el pie para que pudiera pasar sin tener que pisar nada.

A la derecha estaba la cocina que tenía una pequeña ventana en una esquina. No había paredes que separaran la cocina del salón. Junto a la cocina había una puerta y en frente había otra: el dormitorio y el cuarto de baño seguramente.

– ¿Dónde prefieres que lo hagamos? – pregunté mirando a mi alrededor, no sabiendo si sentarme en el sofá, en el suelo o volverme a mi casita.

– Donde te sientas más cómoda…

– ¿Dónde sueles hacerlo?

– Pues a las chicas les suele gustar el sofá, porque luego retrato también la parte de atrás con esas vistas y…

– Me parece muy típico. Quiero que me pintes con algo que nunca me cansaré de ver, quiero algo con lo que sentirme cómoda.

Me dirigí hacia la puerta de la izquierda.

– ¿Puedo? – quería darme una vuelta por el apartamento buscando un lugar en el que posar e inmortalizarme.

Asintió y yo empujé el pomo que cedió y me llevó a una oscura habitación. Era tal y como imaginaba la habitación de un artista: desordenada. Había una obra sobre la cama: Figura asomada a la ventana de Salvador Dalí. La cama estaba sin hacer y el suelo seguía plagado de pequeños botes de pintura, libros con viejas fotografías y un montón de cuadernos cuidadosamente ordenados.

figura-asomada.jpg

– ¿Qué hay ahí? – inquirí señalando los cuadernos.

– Mis dibujos a carbón.

Le miré esperando a que me preguntara si quería verlos, pero como no lo hizo me adelanté y cogí el primero de todos ellos.

Eran mágicos. Había todo tipo de figuras, chicas bailando la danza del vientre, hombres de clase alta fumando bajo la lluvia, manos tocando el piano.

– ¿Conocías a estas personas?

– A la mujer que tocaba el piano sí. Joder, era una pasada cómo lo hacía – se sentó en su cama, pensativo, recordando – tocaba con pasión, los ojos cerrados y siempre se mordía el labio inferior al hacerlo – se rió – luego descubrí que era ciega.

Seguí pasando las imágenes que había pintado Lucas Dubois, cada cual más exquisita, más viva y palpitante que la anterior.

– ¿Sabes? ¡Olvídate del óleo! Lo quiero al carboncillo.

– ¿Segura? – Lucas ladeó la cabeza mirándome, inspeccionando mi rostro y supongo que imaginando cómo pintarme.

Me llamo Léa Beigbeder y vengo de una familia burguesa de París, mi padre es el director y mayor accionista de unos famosos restaurantes. Mi hermano aprende el negocio familiar y yo espero leyendo a que decidan si es de buen gusto mandarme a la universidad o no. De mientras me cultivo poco a poco, leyendo a los maestros y grandes enciclopedias que están en mi casa acumulando polvo.

Un día me miré al espejo y quise que alguien me recordara tan y como estoy ahora. En la flor de la vida, joven y sonriente. El arcángel de la casa, de mi pequeño mundo. Así que una mañana salí de casa dispuesta a buscar un pintor que me retrara, desnuda. Claro podría haber elegido al mejor de todo París, pero no era eso, no quería que su magnífica obra recorriera los museos y todo exclamaran maravillados: “¿Supo captarla, e?” Yo quería algo personal, quería buscar un pintor y que todo quedara entre él y yo, mis padres podrían enloquecer (junto con toda la alta sociedad) si supieran que la buena de Léa se iba a hacer pintar desnuda.

– Quiero el retrato aquí – mire a mi alrededor, la media oscuridad de su cuarto, el desorden juguetón, la manta tirada de cualquier manera sobre la cama – y con carboncillo.

Le tendí su cuaderno y sonreí. Lucas suspiró y me miró sin saber muy bien qué decir. Se puso en pie y miró su habitación, auscultándola.

– Conozco esta estancia de memoria y podría pintarla con los ojos cerrados pero necesitaré más luz para pintarte.

¿Y qué quería decirme con éso? ¿Tendría que verme desnuda y con mucha luz? Joder… ahora era cuando me estaba empezando a dar vergüenza.

– Voy a por velas.

Sabía perfectamente dónde encontrar pintores, miles y millones de pintores. Montmartre. Por las tortuosas calles del distrito 18 había pintores con muchísimo talento a cada vuelta de esquina. Subí las escaleras poco a poco para observar la ciudad desde el Sacré-Coeur. A mi alrededor cuatro o cinco hombres mezclaban colores para comenzar sus cuadros de las vistas que había en aquel preciso momento, cuando el sol estaba subiendo e iluminando tímidamente París entre las nubes. Lucas no era distinto de cualquier otro pintor, a mí me parecían todos clones, la misma perilla, ese pelo negro, y los ojos azules, soñadores, perdidos en el mundo onírico. ¿Habéis mirado alguna vez a un pintor a los ojos? ¿Y qué veis?

Yo me vi reflejada en el azul cálido de Lucas, pero mientras me presentaba podía advertir que no estaba allí, conmigo, mezclaba sus colores, a través de sus ojos, esbozando lenta y suavemente el paraíso que se extendía ante nosotros. Yo era una simple humana, él en cambio, podía hacer arte de la realidad.

– ¿Cómo me coloco? – pregunté cuando entró con las velas en la habitación.

– Primero quítate la ropa – lo dijo en un tono natural, como quien dice: pásame el libro, pero para mí representaba el salto definitivo. Él ni se dio cuenta, buscaba cerillas con las que prender fuego a las llamas de las pocas velas que había encontrado.

Empecé por las botas, lentamente, siguió la falda, el jersey de cuello vuelto, las medias y antes de lo que hubiera querido me encontraba desnuda ante él.

– Túmbate en la cama.

Había colocado las velas a mi alrededor, dos en el suelo, una grande sobre un montón de cuadernos que hacían función de mesita de noche.

– ¿Me ves bien?

– Estás perfecta.

Estaba sentada encima de la cama, bastante incómoda y miraba las velas hipnotizada. Si apartaba la mirada de la llama, me tendría que enfrentar a la realidad de ser retratada por Lucas, así que me quedé en silencio. No sé cuánto tiempo pasó, él no decía nada, ni siquiera le oía.

Por fin oí el crepitar del fuego, parecía haber encendido la que aparentaba ser una muerta chimenea. Cogió una silla del salón y la metió en el cuarto, dejándola delante de la cama, delante de la modelo. A dos metros de mí, con su cuaderno y su lápiz de carboncillo en mano.

– Estás demasiado rígida, relájate, respira e inspira.

Me alargué y cerré los ojos, pasando mi mano por encima de mi cabeza, reposando mi cabeza sobre mi otro brazo, medio de lado. Lucas sonrió, pero no dijo nada.

– ¿De qué te ríes? – murmuré.

– De nada.

Respiré profundamente y le miré a los ojos mientras trabajaba, mientras trabajaba sobre mí. Sobre mi cuerpo.

Nunca nadie me había mirado así, jamás. No me miraba, me observaba, no era parte del mobilario, era su obra de arte de aquel momento, de aquel día. Llegó un momento en el que sólo podía mirar a sus ojos azules. Volvió a sonreír y yo volví a su apartamento.

– ¿De qué te ríes? – volví a preguntar.

Negó con la cabeza mientras se mordía el labio inferior y pintaba en su cuaderno.

– Estás muy natural, generalmente las chicas suelen estar muy quietas, incómodas, rígidas. Lo haces muy bien.

Acentué mi sonrisa y murmuré un gracias. Pasaron unos minutos y Lucas interrumpió el silencio.

– No pienses que me estoy riendo de ti.

– Si no me dices de qué te ríes…

– Ya casi está acabado, puedes volver a vestirte que sólo me falta rematar el fondo.

Fue entonces cuando más violenta y triste me sentí. ¿Eso era todo, ahí acababa mi aventura?

– ¿Qué era por lo que te reías? Ahora que has terminado conmigo, podrías decirme de qué te reías.

Negó con la cabeza mientras fruncía el ceño no sabiendo cómo acabar.

– ¿Qué te falta? – pregunté.

Me miró, me auscultó, durante varios segundos con el ceño fruncido, mirando su obra y mi cara.

– No consigo darles a tus labios el realismo que deberían tener sobre el papel.

Empujada por un impulso que no supe decir de dónde vino me acerqué una vela a los labios y me acerqué a él.

Se quedó rígido por un momento, como si nunca le hubiera ocurrido eso.

– ¿Tus modelos no sueles ser tan impulsivas?

– Más de la mitad de mis modelos en cuanto llegan a la puerta de mi apartamento para que las retrate se rajan, se dan media vuelta y cuentan su aventura a sus amigas, como si de verdad lo hubieran hecho. No pensaba que tú fueras de las que llegan al final.

Cogió su carboncillo y mirándome cada pocos segundos pintó mis labios y yo me asomé a ver el resultado.

– ¿Te gusta?

Era yo, no había duda. ¿Pero era así? ¿Lucas me veía así? Yo me veía mucho más grande y no tan frágil y delicada.

– ¿Soy así?

– ¿No te gusta?

– Sí, mucho… – murmuré.

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Lo arrancó de su cuaderno y me lo tendió, yo me senté en la cama para observarme y permanecí allí viéndome a través de los ojos de un desconocido. Lucas volvió después de haberse lavado las manos y apagó todas las velas menos una.

– Termina de vestirte, te espero en el salón.

Me acerqué a la única vela que no estaba apagada y me quedé mirando el retrato, ensimismada. Con aquella vela volví a encender el resto y miré a mi alrededor, el cuarto de un artista, con todos los cuadernos, la cama sin hacer, los pinceles y pequeños botes de pintura esparcidos por el suelo.

– No me quiero ir – salí de su habitación y lo encontré en la esquina, que era la pequeña cocina.

– ¿Café? – me ofreció.

– No me gusta, gracias.

Asintió, mirándome de reojo y viendo que no había terminado de vestirse.

– ¿Qué quieres de mí, princesa?

Me senté en el sofá y le miré.

– No lo sé. ¿Por qué te reías?

Se acercó a mí y se puso en cuclillas, mirándome a los ojos.

– Sé perfectamente que eres Léa Beigbeder, hija del gran propetario de los restaurantes. Sé que para ti ésto es lanzarte al vacío y has llegado hasta aquí. Pero éste no es tu lugar, aquí no podrías hacer nada.

– ¿Cómo sabes quién soy?

– Sales en los periódicos.

– ¿Y entonces qué hago? ¿Tengo que dejar que otros decidan por mí?

Negó con la cabeza, levantándose y cogiendo su taza de café.

– ¿Qué quieres de mí?

– Algo nuevo, quiero dejar de ser Léa Beigbeder hoy. Sólo quiero ser Léa, quiero que me ayudes a ser yo.

Dejó la taza de café y se acercó decidido a mí. Se agachó y me besó. Noté el fuerte café en su boca, pero no me disgustó, me pareció que iba con su personalidad, desastre, locura, insomnio, café…

Fui yo quien se quitó el jersey y le empujó contra el sofá, no me dejé hacer, quise controlar la situación, quise ser dueña de mi vida y andar por caminos que yo elegiría.

Y hoy, años más tarde soy quien deseé ser.

Recuerdo esa aventura muy vívida, como si hubiera sido el muelle que me impulsó a ser quien soy. Volví a ver a Lucas regurlarmente durante los siguientes 5 años, pero como mecenas, recrutando pintores del distrito 18, expandiendo su magia a todos los rincones de París.

Guardé con mucho cariño y cuidado el primer retrato que me hizo Lucas, primero escondido, luego enmarcado en mi habitación. Pero fue hace poco cuando comprendí por qué se reía mientras me pintaba. Recibí un sobre hace poco menos de dos semanas con una pequeña nota de Lucas, ahora residente en Nueva York, y un retrato mío, un retrato que no supe que pintó aquel primer día que nos conocimos mientras me quedé imnotizada por una luz que no quería dejar de mirar por si perdía la estabilidad de mi vida. Un retrato que supo captarme a la perfección, ensimismada, siempre ensimismada.

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Midnight’s tale

Juliet waited until her parents went to bed, and when she made sure they couldn’t hear her, she opened her bedroom door. She had promised Catherine and Steve to tell them a story that night. The elder sister of the twins was a great story-teller but her Mom had forbidden her to wake up the children if it was late. And that night it was almost midnight.

Juliet closed the door and saw the beds of the kids in the dark. It was a Friday night and Catherine and Steve had insisted so mucho for a story that Juliet couldn’t deny it to them. She had been out with her friends and got home at half past ten, her brother and sister were already in bed.

Katie… – she said in a sweet whisper.

The little girl opened one eye and when she saw Juliet she smiled happily and sat in her bed while the big sister woke Steve up. The three of them spoke in low voice, not to be heard. They were in Catherine’s bed and almost couldn’t see each other. Juliet opened the window and the big white moon illuminated the room.

This story starts far, far away in an unknown kingdom. It is near that bright star you can see over there – she said pointing a big beautiful star through the window.

Was there a brave boy? – asked Steve.

Of course there was! – invented Juliet creating the story while she spoke – and there was a magic little fairy too. Both of them loved adventures and risky and magic stories. But of course, there was a bad and ugly pirate. He didn’t had any friends and was so sad that he cried very strongly scaring everybody.

Juliet told a story about friendship, jinx, magic dust and kids who didn’t have to go to bed when Mom ordered them to.

Now it’s time to sleep – she said closing the window. And that was when she saw it, a little movement, near the window, a flying light which suddenly disappeared. – Goodnight sweethearts – Juliet went to her bedroom, closed the door and opened the window.

Come out, I’ve seen her.

A boy about her age entered her room and a flying light came in behind him. Juliet snorted and looked at him.

     –      Haven’t I told you to stop spying me when I’m in Catherine and Steve’s room, Peter Pan?

     –      And haven’t I told you to stop telling stories about Neverland?

Para Germán e Inés, que aunque nunca llegaron a estar, en mí siempre estarán… son y serán siempre mis Katie y Steven.

Creado para practicar mi writing para el examen de ayer. No la historia no me quedó tan bien en la uni y seguro que hice muchas más faltas…

Camino al puerto

Cuelga el teléfono de pronto, sin esperar respuesta.

No quería una respuesta, sólo quería anunciárselo. Ahora era libre. Mharie cogió su bolsa ya preparada, su gran cuaderno y su pluma preferida y cerrando su casa por última vez se despidió con una pequeña sonrisa de todos sus muebles que se quedarían en tierra.

Todo había sido muy rápido, sin casi darle tiempo a asimilarlo. Aquel libro cayó en sus manos y lo leyó en 34 horas, sin comer ni dormir. Y al acabarlo descrubrió el mapa, aquella historia parecía estar basada en hechos reales depués de todo. El viejo mapa estaba escondido, pegado en la parte de atrás del libro y oculto con la última oja que estaba pegada. Lo descubrió cuando el libro en un descuido cayó al suelo.

Bajó las escaleras de su portal rápidamente, su pesada bolsa de viaje se le hacía ligera, quizá porque iba cargada de ilusión, en su mano izquierda llevaba el mapa. Recorría las calles del casco viejo de la ciudad. Poco a poco los habitantes comenzaban a despertar y los olores de las pequeñas tabernas que preparaban el desayuno para lo más madrugadores también. Podía sentir cómo el delicioso aroma del café penetraba en ella, y los cremosos bollos de chocolate recién sacados y muy calentitos esperaban a los ansiosos trabajadores.

Cuando llegó a la ría, consultó el mapa y giró a la derecha. Iba tatareando la última melodía que había escuchado en la radio y soñando con la aventura que la esperaba. ¿Grandes y horribles piratas? ¿Se convertiría ella acaso en una perversa pirata? ¿Podría ser el terror de los mares? ¿Pasaría a la realidad de la fantasía y los sueños? ¿Qué era exactamente lo que la impulsaba a abandonar todo y embarcarse en un barco con desconocidos?

Aquel libro le había hecho ver el mundo de otro modo. Le había quitado la careta de falsa realidad y el resultado no le había gustado. Había intentado enfrentarse a él, pero no lo había conseguido, y al igual que el protagonista del libro, huía de su vida.

La novela contaba la historia de un muchacho que después de leer un libro en el que un sabio chino había escrito todas las verdades universales, escapaba con unos piratas al otro lado del charco. Pero no eran ladrones de tumbas, ni de avariciosos ricos, recorrían los mares en busca de paz, de libertad y de sabiduría. Sí, robaban, pero no botines de oro y piedras preciosas.
Alrededor de una hora después de salir de casa llegó al puerto. Donde un antiguo barco esperaba. Esperaba a Mharie, sabiendo que tarde o temprano acabaría subiéndose. Agarró su bolsa con más fuerza y comenzó a notar su peso, apretó el libro contra su pecho y subió la pasarela, al llegar al final un gran hombre se puso entre ella y el barco.

– ¿Mharie? ¿Es usted a quien esperábamos? ¿La última lectora del Libro de la verdad?

La joven asintió.

– ¿Dispuesta a surcar los mares bajo tempestades y a arriesgar tu vida por un montón de riquezas?

Mharie sonrió, segura de sí misma.

– Sí.

– Bienvenida al Barco de los Sueños – el pirata se apartó para dejar que Mharie se incorporara a la tripulación.

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Este es un meme que me pasó MiLi, utilizando la última frase de su cuento tenía yo que hacer uno.

La frase del comienzo en rojo es la que ella me pasó, la que he puesto yo en azul sería la que cogeríais vosotros si os animáis a hacerlo. Evidentemente podéis cambiarle el nombre a Mharie, pero sería lo único que os daría permiso a cambiar 😛

Nomino a… ¡Cuervo, Synn y Brian!

pd. acepto que me mandéis a la mierda y paséis de este meme. Y que los no nominados también son invitados a coger la frase.