Sombras de agua

Cuanto más pasa el tiempo más pienso en la muerte. No he tenido ningún accidente que me haya dado un golpe con la realidad, ha sido progresivo, desde que estoy en bachiller. Tuve un año en el que era incapaz de comer nada la hora de cenar, todo me sentaba mal. No soy muy amiga de los médicos, y tengo una desbordante imaginación. Así que pensé que quizá era una forma que tenía la muerte en avisarme. Escribí mucho sobre éso, sobre mi muerte y qué haría la gente cuando yo me fuera, y qué haría yo, fuera de este mundo.

La gente acude a las religiones en busca de respuestas. No estoy segura de que los ateos sean realmente ateos. Quizá son sólo etiquetas que se les da a las cosas. Yo llamo magia a estar en el campo y de repente notar el aire, y colores en el viento descubrir. Disney hizo daño, no nos engañemos. Pero lo que yo considero mágico alquien lo llamará naturaleza. Y lo que unos llaman Dios y otros Alá viene a ser un ser todo poderoso a quien los seres humanos le han querido dar el poder para sentirnos mejor. Porque siempre fue más fácil echarle la culpa a otro.

Todos estos párrafos alterados y sin ton ni son, llegan a un sitio, no hay que preocuparse. Hoy, como algunos días desde que se murió Eric, lo he notado. Me apetecía darme un baño, así que he prepado la bañera y me he metido dentro. Siempre me ha gustado dejar las orejas bajo el agua, me parece una forma diferente de escuchar el mundo. La apagada realidad. Todos supongo que sabéis qué ocurre cuando estáis tomando el sol y alguien os tapa el sol a la altura de la cara. Abrís los ojos y os quejáis a la persona que os está molestando. (Generalmente soy yo la que molesta al resto). Hoy he notado éso. Una mano, una sombra, algo que tapaba la luz del cuarto de baño. Abro los ojos y no hay nadie. Pienso en Eric (claro que sé que me tomáis por una neurótica con demasiada imaginación, por una persona demasiado sensible que ha perdido a un amigo, que necesita sentirlo cerca y se quiere imaginar el alma del tipo allá donde voy). Pero no es éso. Porque también echo de menos a mi abuela y a ella no la noto.

Desvarío y me imagino cómo tiene que ser ser un espíritu, acompañando a las personas que te han querido hasta que son capaces de vivir sin ti. No viajan de un lado a otro, están siempre a tu lado, salen de ti, y todas son la misma alma, todas se comunican, pero están divididas.

Sé que ésto no tiene sentido alguno, que Eric hoy no estaba en el baño conmigo, que me he imaginado su silueta sentado en el bidé, mirándome y sonriendo. También he pensado que si hubiera contado ésto hace 500 o 1000 años la gente no habría reaccionado igual. Bruja me habrían dicho. O virgen. O medium.

No lo sé.

Cuando se trata de la muerte, no sé nada.

Soñé que soñaba

Hoy he soñado con Eric. Y llevo todo el día pensando en él. No le he contado a nadie lo horrible que fue volver al sitio donde le conocí. Y mirar el sillón donde estuvo sentado, desde donde me miraba sin quitarme los ojos de encima. Busqué su mirada en la cara de todos los franceses con los que me encontré. Ninguna era la suya.

En mi sueño recibía un mensaje en el que decía que podríamos quedar más tarde y yo me ponía a llorar como una histérica. Está muerto. ¿Cómo puede mandarme un muerto un mensaje? Mis amigas intentaban darme razones razonables, pero aunque fuera un sueño, yo sabía que estaba muerto. Me volvía paranoica y miraba a mi alrededor en la calle en su busca. Un muerto no manda mensajes a mi móvil.

Es una tontería, pero a veces lo noto a mi lado. Y me imagino que si yo estoy sufriendo, sus mejores amigos y su madre, tienen que estar volviéndose locos. O quizá no. Quizá sus amigos ya han superado el golpe, se han acostumbrado a vivir sin él. Yo vivía sin él, pero siempre estaba al otro lado del teléfono, estaba Internet. ¿Y ahora dónde está? ¿Cómo soy capaz de notar su presencia si no está? ¿Y por qué noto su presencia? ¿Hay realmente algo a mi lado, su alma, su ser, él, o soy yo que me imagino como de repente la temperatura sube ligeramente por mi lado derecho y pienso en él? Mi abuela murió un mes antes que él, pero pienso en él. Es él quien está a mi lado. No me gusta llorar porque pienso que es inútil, pero no puedo dejar de hacerlo.

¿Y se acaba pasando esta pena? Tenía 22 años. Alguien le debe una vida. 22 años de vida no son suficientes para Eric y sus miradas. Y… de algún modo busco una recompensa, la historia más bonita que jamás se haya escrito será para él, para un personaje que sea como él, para siempre. Porque en mi cuento vivirá hasta que se muera de viejo y haya tenido una vida feliz, como la que se merecía, como la que se merece.

No me gusta estar sin él

Eric

Os había hablado de Eric. Primero vino Anthony, luego Eric y ahora Fabian.

De Anthony no volví a saber nada seis meses después de haberle conocido. Con Eric seguía en contacto.

Eric ha muerto. Mi Eric ha muerto. Me ha dado un ataque de histeria cuando me he enterado hoy. No podía respirar, ni siquiera podía llorar, no conseguía coger aire, no había aire suficiente. Salgo corriendo, bajo las escaleras, voy calle abajo, comienzo a llorar. Lloro e intento respirar, calmarme.

La última vez que hablé con Eric, mi wifi falló – como siempre – y no me pude despedir de él. De hecho… nunca me despediré de él. Qué melancolía la tuya, ¿no?

Yo quiero mucho, quiero a todo el mundo. Me cuesta odiar, soy rencorosa, pero no odio. Y yo cuando quiero, quiero para siempre, y más cuando se trata de uno de mis tres chicos, uno de esos chicos que idealizo y me enamoro. Eric era la relación más normal que he tenido con un chico-amor-de-mi-vida. Tenía 22 años, accidente. Por borracho. Era un puto borracho. No sé quién conducía la moto que llevaban, él seguramente. Siempre se empeñaba en hacerlo. Cuando yo bebía leche para desayunar él seguía con el vodka. De hecho, éso era algo que me gustaba. Le gustaba beber y le daba igual lo que el resto dijera, también fumaba.

Murió en nochevieja. Vaya comienzo de año para su familia, amigos, hermanos y sobrinos. Era un puto loco. Era el mejor loco del mundo. Era un cascarrabias y un borde, pero yo soy aún más amargada y retorcida que él, así que nos llevábamos bien. Siempre me decía lo preciosa que era. Era el único chico que me hacía sentirme bien cada vez que hablaba con él. Me decía que pasara por París de camino a Gales. Me invitaba a esquiar con todos los gastos pagados. Sólo tenía que mover mi lindo culo a la casa que alquilaban él y sus colegas.

Eric era un quiero y no puedo. Yo salía con Querido Nadie cuando le conocí. Cómo me costó no ponerle los cuernos. Era un manojo de nervios, era una pelota de ping pong que iba de un lado a otro pensando en los pros y en los contras. No lo hice, por respeto a la persona. Pero joder, Eric estaba para huntar pan y moja.

Cuando se me declaró lo primero que dijo (en francés, claro) es que estaba enamorado de mí. Que lo dejara todo, que me fuera a vivir con él, que tendríamos un hijo, o dos, o todos los que yo quisiera. No hacía falta que yo hiciera nada, él lo haría todo por mí, trabajaría y ganaría para los dos. Eric dijo todo lo que tenía que decir en su momento. Y me enamoró de pies a cabeza.

Eric es un dios. Es el mejor Dios que jamás tendrá Francia, que jamás habrá en París.

Solía decir que siempre nos quedaría París, quizá en otra vida.

Cuatro y cuatro

Sonrío cuandos os recuerdo y sé que ni palabras ni chillidos conseguirían definiros.
Por que hay un antes y un después de vosotros en mi vida. Y lo supe, pero no dije nada por que queda algo ridículo. Pero lo digo ahora, cuando todo está más frío…
Un grito se aproxima más a lo que siento cuando os recuerdo que cualquier palabra podría hacerlo. Una mirada con una amiga y ya nos entendemos, sabemos que queremos hablar de vosotros. Aunque en ocasiones me siento la única, por que sois únicos y no lo sabéis. Sois especiales, sois lo que busco y tan lejanos.
Y se me duermen las manos y los pies sólo de pensar en todo y en nada, en la coca cola con whisky y en el malibu con coca cola, en la arena en mis botas. En mi mochila mágica olvidada, en un grito que no di. En besos que no recibí. En sonrisas y chillidos de histeria en una discoteca oscura. En bailes sensuales y reinas de la noche. En lluvias matinales. En despertarnos demasiado pronto para que fuera tarde o demasiado tarde para que fuera pronto. En ir en moto con cascos de calimero, en enamorarse del conductor y en la tarde en la playa y en nosotras evitando vuestras miradas.
Sois todo eso y más, y habrá un antes y un después en mi vida por vosotros, como lo hubo con ellos. Como lo habrá con otros.
Con esto y un grito de histeria y los ojos jugosos me despido, hasta mañana, hasta nunca, por que nos volvamos a ver o no, estáis aquí, pero nunca os vi…

28 de agosto de 2006

She is six feet under, or not?

Desde que murió mi abuela el sábado 14 de noviembre no dejo de darle vueltas al asunto.

Mi abuela se pasaba más de medio año en Andalucía con mi abuelo, luego se venían a finales de octubre o principios de noviembre a Euskadi, para pasar esas dulces fechas con madre y conmigo. Solían volver en abril, más o menos. Lo que significa que yo no veía a mi abuela la inmensa mayoría del tiempo. Estoy acostumbrada a no verla. Sé que está por el sur, en su finca, y que de vez en cuando me escribe cartas y me comenta cómo crecen los higos ese años, la de parras que hay y cuántas naranjas van a poder traer cuando vengan porque los naranjos están cargaditos-cargaditos.

Y me fui de Erasmus, y no vi a mi abuela. Y luego la vi. Y ya no la vi más – ni la volveré a ver. Pero para mí, para la persona que afronta el día a día, mi abuela está en Sevilla. Claro que si lo pienso no, sé que no está, pero lo primero que pienso es que está allí.

Así que lo que no dejo de plantearme es, ¿y ahora dónde está mi abuela? No, no voy a sacar nada en claro, y tendría que tirar a la religión para respaldar mis ideas, pero es algo que no puedo evitar preguntarme. No sé si le pasará a todo el que pierde a un ser querido o si sólo nos pasa a los que tenemos demasiado tiempo libre y/o mucha imaginación.

No mucha gente sabe lo que voy a contar a continuación. De hecho sólo lo saben dos. Una es una de mis profesoras de la universidad, la otra es Céline, a quien se lo conté borracha después de muchos cubatas de ron. No es algo que no quiera contar, es algo que simplemente… no cuento.

Cuando tenía seis años, mis padres me dijeron que iba a tener un hermanito. Recuerdo que esa noche no pude dormir de la emoción, me imaginé cómo iban a decorar su cuarto, cómo me miraría él desde la cuna, la de veces que nos pelearíamos, lo testaruda que sería al cederle mi silla preferida. Pero Román nunca llegó. Nunca. Yo ya le había hecho un hueco en mi vida, ya había pensado en formas de reírme de su nombre, en darle más besos que nadie y protegerle de todo niño malcriado que quisiera pegarle. A mi hermano sólo le iba a pegar yo. Y madre, que siempre a sido de mano larga. Nadie más.

Fue más o menos en aquella época en la que me puse a escribir, un poco antes, porque empecé a inventar cuentos cuando aún no sabía escribir y los dibujaba en pequeños cuadernos. Recuerdo largos viajes en coche donde miraba las nubes e imaginaba silenciosas conversaciones con Román sobre qué forma creía que tenían.

– Yo veo una cuna.

– ¿Sí? Yo un coche. O una carroza, todo depende de si giras la cabeza hacia la izquierda o la derecha.

Eran conversaciones larguísimas, podían durar horas y nunca eran aburridas, con Román no podían serlo.

Y luego me dio por crecer, ya sabéis esa costumbre que tienen los humanos. Y mi hermano crecía conmigo, en algún momento de septiembre era/es/tendría que ser su cumpleaños. Quizá el 8, o puede que el 14. No lo sé. Yo cumplí diez y él cumplió 4, y yo cumplí 16 y él cumplió 10. De repente ya tenía una década, ya era mayor. Y a medida que yo maduraba, mis historias en vez de madurar conmigo y tratar otros temas, se quedaron en la infancia. Me dediqué a escribir todos esos cuentos que le habría contado a mi hermano antes de darle las buenas noches. Y lo sigo haciendo, y siempre lo haré. Es mi forma de quererle aunque no esté físicamente, es mi forma de aferrarme a él, porque no quiero una vida sin hablar todos los días con mi hermano. Escribo por él y para él y porque siempre seré demasiado infantil para una adulta, pero tengo que serlo por dos personas, por mí que estoy aquí y por él que no pudo. Con o sin Román yo siempre me habría dedicado a escribir, pero es por él que muchas de mis historias, o la mayoría, son para niños o interpretadas por niños o llevan a hierro forjado toda esa inocencia que guardan los pequeños.

No sabría decir porqué, como miles de cosas que yo siento pero que no puedo explicar, those hunches, Román se habría parecido mucho a mi aita cuando era un crío, esa cara de payaso que llevan todos los chicos de mi familia, con el pelo castaño rizado y alborotado.

¿Y dónde está Román? Ya sé que Román no está, pero Román siempre está conmigo. De hecho fue a la persona que más eché de menos cuando volví a Neighbourhood hace un mes. Era el único que no estaba. Catorce años habría cumplido ya.

Lo que no entiendo es porqué Román siempre está y estará, y mi abuela no está, no volverá a estar. Ella dejó de existir el momento en el que dejó de respirar, está en mi memoria, en mis recuerdos, pero no es alguien con quien mantengo conversaciones. Mi abuela ha muerto. Y entonces… ¿porqué Román no?