Ayer, en mi habitual dopación de series, tuve la suerte de encontrarme con dos magníficos capítulos.
El primero que vi fue el de House. Bueno, ahora que lo pienso quizá haya exagerado. Me refiero al capítulo Under my skin (5×23), donde House por fin admite ser adicto a la vicodina y decide hacer algo por ello, ya que su subconsciente no deja de molestarlo. Su subconsciente – por desgracia para él (y para nosotros, público ya cansado) – toma forma de Amber, la novia muerta de su mejor amigo. Lleva vivita y coleando en su mente desde el capítulo 22 y me parece estupendo que la gente le tenga cariño a los personajes. Pero Amber lleva en plan semáforo en la serie de House desde hace ya dos temporadas. Fin. Yo no quiero verla más.
Y House, sabio donde los haya, tampoco. Así que decide pasar de la vicodina y le pide a Cuddy que se quede en su casa ayudándole a pasar el mono. La historia sobre la bailarina que está enferma es bastante aburrida, me da exactamente igual que viva o muera. Pero lo mejor en esta capítulo es lo que se plantea. House quiere abandonar su trabajo. No sabe si sigue valiendo para ello. Y en la última escena del capítulo, cuando Cuddy y él se están despidiendo, después de una mala noche donde los vómitos y el insomnio han sido sus aliados, se besan. Se besan. House besa a Cuddy.
Si no veis la serie no entendéis ésto. Es el fin de House, el personaje ha evolucionado, se ha enamorado, o ha admitido estar enamorado de ella. Ya no hay serie, porque no hay rencor, amargura, resentimiento ni odio contra los seres humanos.
Las tres primeras temporadas de House son increíbles, muy originales, divertidas e intrigantes. La cuarta no está mal… pero la quinta es un poco espesita, damos vueltas al rededor de ningún tema, y de hecho recurren a la vida privada de los personajes para rellenar la mayoría de los capítulos con ñoñadas que no nos interesan ya. Estamos cansados de los mismo.
Generalmente se dice renovarse o morir, pero en el caso de las series, sólo nos queda decir, cancelar o morir con mala reputación. Sea como sea, queda un capítulo para que acabe la temporada y yo personalmente, dejaré de verla, hay muchas joyas esperando a ser descubiertas.
Segundo capítulo fabuloso: Los Soprano, Empleado del mes (3×04). Estuvo más centrado en la Doctora Melfi que generalmente. Después de una sesión con Tony, baja sola al garaje, allí se cruza con un tipo que la agarra y la viola justo cuando ella va a entrar en el coche.
Sus gritos de desesperación, cómo intenta protegerse, las lágrimas de angustia y la terrible impotencia que me han hecho sentir, era maravilloso. (Me refiero a la actriz, no a la situación).
Por un problema fiscal, nadie es capaz de coger el violador, aunque saben su nombre y apellido. Y ahí es donde entra en juego Tony Soprano, Capo de la mafia. Ella no le hace partícipe de lo acontecido en ningún momento, pero ese poder, ese as en la manga que guarda… Si la Dra Melfi quisiera, podría hacer torturar a su violador, una palabra y sería suyo.
Luego está la puta ética, esa que no nos deja ser cabrones malnacidos a todos. Y menos a ella.